—Hablaré francamente a mi prima. Ella me ha dicho que quiere verme feliz a toda costa, y es la que me defiende de las impertinencias de mis cinco maestros, y la que me salva de la etiqueta, que es lo que más aborrezco. Yo le diré que has estado aquí...

—No, no, por Dios; no le digas que he estado aquí. Yo debo marcharme ahora mismo, Inés; yo no puedo estar más a tu lado.

—No te has de ir —me dijo asiendo mis dos brazos para detenerme—. Yo se lo diré todo a mi prima; le diré que no te has muerto, que yo sé que no te has muerto, que nos hemos visto, y que has de volver.

—No, no le digas eso: desde este momento ya no merezco la benevolencia que ha manifestado.

—¡Oh! —exclamó Inés con mucha pena—. Pues entonces, ¿qué recurso nos queda? ¿Qué podemos hacer? ¿Cuándo vuelves tú?

—Nunca —le respondí, sin reparar en lo que decía, pues mi exaltación no me permitía formular ideas concretas sobre nada.

—¿Cómo nunca?

—Sí, volveré cuando quieras —dije, estrechándola contra mi corazón—. Si tú me mandas que vuelva; si tú, despreciando las resoluciones de tu familia, insistes en quererme lo mismo que cuando éramos dos pobres criaturas desamparadas, volveré, quebrantaré las promesas que hice a tu prima, porque ¡ay! sin duda tu prima no sabe cuánto te quiero, cuánto te adoro, y de qué manera nosotros nos hemos dado un juramento que está por encima de todos los demás. Dile que no me he muerto, ni me moriré, mientras tú vivas, porque no quiero ni debo morirme; dile que aquí estaré, mientras tú no me eches, y que antes que fueras Condesa, y Duquesa, y Princesa, habías resuelto casarte conmigo, que no soy caballero ni soy nada, aunque teniendo tu cariño no me cambio por todos los nobles de la tierra.

Inés al oírme se animaba mucho. Encendiéronse sus mejillas, y el vivo resplandor de sus ojos indicó una irrupción de sensaciones agradables y de ideas de felicidad, que de improviso se apoderaban de su abatido espíritu. Tomándome la mano, me dijo:

—Juro que no me he de casar sino contigo, cualquiera que sea tu suerte, cualquiera que sea tu posición. Dicen que yo soy rica, y que soy noble. ¿No es esto bastante? Yo les diré que si no me quieren de este modo, me quiten todo lo que me han dado. Les diré que tú eres para mí más caballero que todos los demás, y, por último, que ninguna fuerza humana me obligará a dejar de quererte, porque Dios lo ha ordenado así. Tengamos confianza en Dios y esperemos. Lo que parece más difícil, se hace de pronto fácil. Yo sé, sin que nadie me lo haya enseñado, que cuando las cosas deben pasar, pasan, y que la voluntad de los pequeños suele a veces triunfar de la de los grandes.