Al decir estas palabras, que indicaban, junto con un firme amor, un profundo sentido, Inés me mostraba la superioridad de su alma, bastante fuerte para poner las leyes inmortales del corazón sobre todas las conveniencias, preocupaciones y artificiosas leyes de la sociedad.

—¡Inés! —le dije, prodigándole las más tiernas muestras de cariño—. A pesar de estar tan alta, tú eres hoy tan desgraciada como yo; pero para los dos vendrán días felices y tranquilos.

Yo había olvidado todo temor, las causas de mi presencia en aquel sitio, lo avanzado de la hora; no me acordaba de su familia, ni de mi fuga, ni de la policía, ni de nada; no veía más mundo que aquel pequeño, ¡qué digo pequeño!... aquel mundo infinito que mediaba entre nuestros ojos.

—Tú sabes y sientes mejor que yo —exclamé—; tú me señalas el camino que debo seguir, y lo seguiré. Te amo tanto, que querría morirme aquí mismo, si supiera que habías de ser para otro. Y vengan contrariedades, vengan orgullos, vengan obstinaciones de familia, vengan obstáculos, venga todo, que todo lo desprecio. ¿Qué valen cien mil coronas condales, y las mayores riquezas del mundo? Todo eso no será suficiente razón para quitarme lo que es mío, mi Inesilla de mi alma y de mi corazón. Si soy pobre y miserable, que lo sea: nada importa, puesto que, miserable y pobre, quieres tú más uno de mis cabellos que las coronas y tesoros de todos los duques de la tierra. ¿No es cierto? Y que venga ahora toda la sociedad y toda Europa, y toda la historia y el mundo todo a decirme que no podrás ser mía. Que vengan y yo les diré que se vayan a paseo, porque nosotros no necesitamos de ellos para nada, y nosotros valemos más que todo eso. ¿No es verdad? Cuando prometí a tu prima renunciar a ti, prometí lo absurdo y lo imposible, lo que no dependía de mi voluntad, porque el amor que nos tenemos es obra de Dios, es como la vida, y solo puede quitarlo el mismo que lo da.

Así me expresé yo, y en este tono hablamos un poco más, y luego cambiamos de asunto, y seguimos departiendo en serio y en broma sobre mil cosas que nos ocurrían, sin acordarnos de nada que no fuera nosotros mismos, y menos del tiempo que iba transcurriendo a toda prisa. De tema en tema vino a mi pensamiento el objeto que allí me había llevado, y le conté el incidente de D. Diego con sus torpes y abominables planes. Ella se sorprendió de esto, y me dijo que nunca había supuesto a Rumblar tan rematadamente malo. Seguimos luego hablando de otros asuntos, y ella se reía de mi traje, y yo de sus graciosas ocurrencias, al referir las ceremonias palaciegas a que había asistido. Repetidas veces pasó por mi mente la idea del gran peligro que allí corría; pero era tan feliz, que yo propio arrojaba lejos de mí aquella idea importuna. Al fin entró de pronto una criada, y dijo:

—¿Se le ofrece a la señorita alguna cosa?

Díjole Inés que no, y se fue; pero me observó de soslayo el tiempo que allí estuvo.

Seguimos hablando, y al poco rato apareció otra criada que me miró mucho también, preguntando:

—¿Ha llamado la señorita?

Y luego que esta se retiró, pareciome sentir cuchicheos y ruido de pasos tras de la puerta. Comuniqué a Inés mi recelo, y al punto convinimos en que me debía retirar. ¡Qué escándalo! Era mucho más de media noche. Ella misma me llevó al cuarto donde antes me había dejado el diplomático, y después de discutir un rato sobre lo más conveniente para salir en bien de aquel paso, acordamos que esperaría al Sr. D. Felipe, continuando, cuando volviera, el mismo papel de Duque de Arión, y que con cualquier pretexto saliese después, poniéndome en salvo antes de la mañana y hora en que necesariamente habían de llegar Amaranta o su tía. Despidiose Inés de mí, dándome muchas esperanzas, y prometiéndome que nos veríamos cuando menos lo pensase, y me quedé solo otra vez donde antes estaba.