Cansado de esperar, quise salir; pero encontré la puerta cerrada por fuera, y en el mismo instante en que lo advertía, sentí que una mano desconocida cerraba también la que me había dado paso hacia la habitación de Inés. Estaba preso.
Presté atención a ciertos ruidos cercanos, y percibí otra vez cuchicheo de voces diversas, como risas y chacota de criados y gente menuda; lo que acabó de revelarme el peligro en que me encontraba, y la proximidad de un lance desastroso. A esto había venido a parar el Duque de Arión.
Oí a poco también la voz del diplomático, que algo turbada decía:
—Id a avisar al cuerpo de guardias. ¿Estáis seguro de que no lleva armas?
Luego los rumores se extinguieron para resonar de nuevo hacia el cuarto de Inés, con voces de hombre y de mujer, confundidas en viva disputa. Y la voz de Inés se oyó muy cerca, aunque me fue imposible entender lo que decía. Lleno de congoja, mas también colérico ante la idea de que se me tomase por un ladrón, di golpes en la puerta con pies y manos, pidiendo que se me abriera, lo cual aumentó las risas del exterior.
—Es muy posible que lleve pistolas —dijo el diplomático—. No abráis, mientras no venga un pelotón de la guardia.
Pero el criado a quien tan prudentes advertencias se dirigían, no hizo caso de ellas; abriome la puerta, y abalanzándose hacia mí con otros dos de su misma estofa, dijo:
—No te escaparás, no. A ver, registradle bien los bolsillos, y sacadle todo lo que lleve.
—Canallas —grité luchando con ellos—. Yo no me llevo nada. Ladrones y rateros seréis vosotros, que no yo.
—Creo que debéis amarrarle, muchachos —dijo el diplomático, entrando con gran arrojo—. Desde luego sospeché que este joven no era mi pariente. Por fuerza ha de tener los bolsillos llenos de alhajas: registradle bien. ¿Decís que estuvo en el cuarto de mi hija más de tres horas? Eso no puede ser, caballerito —añadió encarándose conmigo—. ¿Quién es usted? Vive Dios que aquí hay algún misterio.