—Este es el que en el Escorial sirvió de paje a la señora Condesa —dijo uno de los criados empujándome con tal fuerza, que me hizo caer al suelo.
—Este estaba en Córdoba hace seis meses, y todos los días venía a la puerta de casa —dijo otro dándome con el pie, una vez que caído me vio.
—Y es, si no me engaño, el que tiraba chinitas a la ventana —afirmó una criada, hundiendo sus uñas en mi carne.
—Me parece que le he visto en casa vestido de fraile —dijo otra dándome en la cabeza con las tenazas de la chimenea.
—Ya le conozco, y sé muy bien lo que le trae por aquí —indicó una tercera tirándome fuertemente del cabello.
—¿Conque nada menos que Duque de Arión? —dijo un lacayo dándome una manotada en la chupa con tanta fuerza, que me la rasgó de arriba abajo.
—¡Miren el Duque de papelón! ¡Pues no vino con pocos humos! —exclamó otro anudándome la corbata tan violentamente, que pensé morir estrangulado.
—Desnudadle en el acto.
—No: aguardad a que venga la autoridad —ordenó el Marqués—. ¿Conque es un paje de Amaranta, que fue a Córdoba, y que arrojaba chinitas vestido de fraile? Bien decía yo que esta cara no me era desconocida. ¡En el Escorial, en Córdoba...! ¿Te llamas tú Gabriel? ¡Gabriel, Gabriel!... Conque Gabriel...
Y diciendo esto, D. Felipe Pacheco y López de Barrientos dio algunas vueltas por la estancia, revolviendo, sin duda, en su magín contradictorios pensamientos. Juzgue el lector de mi martirio al verme entre aquellos soeces criados, cuyas almas experimentaban deliciosa fruición en degradar al que creyeron Duque y en pisotear mi supuesta nobleza y caballerosidad. Defendime al principio rabiosamente de sus groseros insultos; mas nada podían contra tantos mis fuerzas, por momentos enflaquecidas, y me entregué a las vengativas manos de aquella pequeña plebe irritada que no podía tolerar el encumbramiento ficticio de uno de los suyos. Yo creo que me habrían roto los huesos; que me habrían arrastrado en tropel por la casa; que me habrían arrancado pedazo a pedazo los vestidos, y con los vestidos la carne; que me habrían deshecho a pellizcos, pinchazos y rasguños, si la llegada de la Condesa no hubiera puesto fin de repente a la dolorosa escena de mi crucificación. La vi aparecer cuando ya iluminaban completamente la habitación las primeras luces del día, y pareciome un ángel salvador. La sorpresa que tal espectáculo le causó, junto con lo que a su llegada le contaron, habíanla puesto como fuera de sí. La ira y la compasión se sucedían rápidamente una tras otra en su semblante. Parecía no dar crédito a sus ojos; me miraba casi exánime y maltratado, y reconocía en mis ropas las del Duque de Arión, que ella me diera para fugarme. Por de pronto, a pesar de su enojo, me libró de toda aquella canalla, y haciendo que los criados saliesen afuera, quedose sola conmigo, mientras su tío iba en busca de quien me llevase a la cárcel.