XXIX
—Señora —le dije comprendiendo con rápida penetración sus pensamientos en aquel instante—, no me condene vuecencia sin oírme; no me juzgue ingrato, desleal y mentiroso, si tan impensadamente me encuentra aquí.
—¡De qué indigna manera me has engañado! —repuso con voz turbada por la ira—. Jamás lo creí: yo pensé que tenías en tu baja e innoble alma una chispa del fuego de honor. No: tu abyecta condición se revela en tus actos, y no es posible esperar del miserable pilluelo de las calles sino doblez y maldad. Hipócrita, ¿dónde has aprendido a fingir? ¿Cómo tu despreciable carácter, formado de todas las perfidias y malos intentos, ha podido disimularse con la apariencia de la sencillez honrada y de sentimientos nobles?
—Señora —respondí—, usía me tratará de otro modo cuando sepa qué motivos me han traído aquí.
—No quiero saber nada. ¿Has visto a mi hija? ¿La has hablado?
—Sí, señora.
—¡Oh! No es posible que viéndote haya dejado de comprender qué clase de persona eres. ¿Dónde está Inés? Que venga aquí, y si al ver este pillastre desarrapado que se disfraza de gran señor para llegar hasta ella; si al ver una palpable muestra de tu bajeza y vil condición en esta lastimosa figura de Duque, que magullado y roto se arrastra por el suelo pidiendo misericordia, persiste en creerte digno de un recuerdo, Inés no es lo que yo quiero que sea, no es mi hija, no es de mi sangre.
Y en efecto, yo me arrastraba por el suelo, magullado y roto; y confundido por el anatema de la Condesa, imploraba con inconexas palabras que me perdonase, indicando a medias frases los hechos que atenuaban mi falta.
—Señora —exclamé prosternándome hasta tocar con mis labios los pies de Amaranta—, verdad es que he faltado a mi palabra. Arrójeme usía de aquí; entrégueme a los alguaciles; permita que me lleven a la cárcel, al presidio; mándeme matar si gusta; pero no me pida, no, de ningún modo me pida que deje de amar a Inés, porque es pedirme lo imposible y lo que no está en mi mano prometer. Usía me hablará de su casa y de todas las casas. Yo confieso mi pequeñez; yo reconozco que al lado de la grandeza de vuecencia soy como un grano de arena comparado con el tamaño de todo el mundo; yo no soy nadie, yo soy un insensato, un malvado, un miserable y todo lo que usía quiera que sea; pero yo no puedo dejar de amar a Inés. Cuando sus padres la abandonaban, yo la amé; cuando estaba sola en el mundo, yo fui su amigo; cuando era pobre, yo trabajaba para ella. Creí que su repentino cambio de fortuna la apartaría de mí para siempre: prometí en falso; prometí lo que no podía ni debía cumplir, lo que estaba fuera de mi voluntad; prometí renunciar a lo que siempre ha sido mío, y mi ceguera y mi error han durado hasta esta noche, en que la he visto y la he hablado, señora Condesa; hasta esta noche en que he comprendido que Inés no puede, no puede de modo alguno resistir el peso abrumador de su nobleza.
Amaranta golpeó mi humillado rostro con sus pies. Sentí las suelas de sus zapatos hiriendo mi cabeza, y los encajes de sus faldas barrieron mi frente. La Condesa estaba frenética y cruel en su desbordada ira.