—¿Qué has dicho? —exclamó—. ¿Que no renuncias?... ¿Sabes que un miserable como tú puede desaparecer del mundo sin que el mundo lo advierta? ¡Despreciable gusano! ¡No te aplasto por compasión, y te levantas para insultarme!

—Yo no insulto a usía —dije—. Yo respeto y venero a la que tantos deseos de favorecerme ha manifestado. Vuecencia puede hacerme desaparecer del mundo si gusta: sin duda lo merezco. Yo prometí a usía no verla más, y no he cumplido mi palabra: soy un truhan y un miserable. Vine a este Palacio sin intención de verla; encontreme solo, y una fuerza irresistible, una fiebre que me devoraba lleváronme a su aposento, donde la vi y nos hablamos largo rato. ¡Oh! ¿Me pide usía que deje de amarla? No puede ser. ¿Me pide usía que no la vea más? Pues haga su grandeza de modo que me den la muerte, porque mientras tenga un solo aliento de vida y mientras me quede fuerza para arrastrarme, correré tras ella, la buscaré, penetraré en lo más escondido y subiré a lo más alto, sin ceder en esta persecución hasta que Inés no me diga que se ha concluido la guerra a muerte trabada entre ella y su noble familia.

—¡Oh! Quiero concluir de una vez —dijo sin poder contener su agitación—: que venga aquí mi hija; la traeré aquí, te verá delante de mí, y si todavía... No, no puede ser. ¡Dios mío! ¿Qué aberración, qué absurdo es este que presenciamos? Miserable mendigo —añadió volviéndose a mí—, vete. La culpa la tiene quien te ha dado más importancia de la que mereces. Inés te desprecia: si has creído otra cosa, te equivocas. ¿Por qué no hiciste lo que te mandé? ¿Por qué viniste aquí? Mereces la muerte, sí, la muerte. No soy cruel; pero ¿acaso la vida de un indigno ser, que se perdería en el mundo sin que nadie lo echara de menos, debe estorbar la felicidad de toda una familia, debe estorbar mi reposo y echar por tierra la grandeza de una casa como la mía? No, no puede ser. Vete de aquí; que te lleven, que te arrastren como infame ladrón que eres. Si ella lo siente que lo sienta; si padece, que padezca. Así no se puede vivir. Seré inflexible; yo enseñaré a mi hija cuáles son sus deberes; yo le enseñaré el respeto que debe tener a su nombre, y me obedecerá, cueste lo que cueste.

—Deje usía —le dije—, que la maten los demás; y cuando haya sucumbido a las violencias, a las vejaciones y a la tiranía de sus parientes, quédele a la madre el consuelo de no haber puesto las manos en ella.

—¿Qué dices? ¿Qué has dicho? —preguntó Amaranta mirándome fijamente y cambiando por completo en un instante de tono, de actitud, de expresión—. ¿Qué has dicho?

—He dicho que usía no debe, que no puede contribuir a matarla.

—¡A matarla! —exclamó con estupor y como vacilando entre admitir o rechazar aquella idea.

—Sí, señora. Bien sabe usía que Inés es muy desgraciada.

Vi entonces cómo se disipaba la ira en el rostro de Amaranta, cómo se aclaraba su semblante, cómo todo aparato de indignación y de biliosidad y de tirantez nerviosa desaparecía, sucediendo a aquella tempestad aplacada una quietud reflexiva en que al instante se sumergió su espíritu, lanzado desde las cimas de la cólera a los abismos de la meditación. Me miró largo rato, y yo la miré. Estaba profundamente pensativa. Estaba en poder de uno de esos invasores pensamientos que vienen de repente y ocupan toda el alma, que suspenden todas las sensaciones, y envuelven y embargan las facultades todas. Al fin, sin pestañear, sin apartar los ojos de mí, sin hacer movimiento alguno, exhaló un profundo suspiro y después dijo:

—Sí, mi hija es muy desgraciada.