Yo besaba sus manos, y la sentí llorar.
Duró poco tiempo aquella situación. Sentimos gran ruido de voces; abriose la puerta, y en el dintel apareció la Marquesa, terrorífica, abrumadora de cólera y de severidad. Con ella venían el diplomático, D. Diego, el verdadero Duque de Arión, algunos criados y soldados de la guardia. Amaranta no dijo nada, ni yo tampoco. La actitud en que nos encontraron debió sorprenderles más que la noticia de que había un ladrón en la casa, y estoy seguro de que cada individuo de la familia interpretaba de un modo distinto aquella escena. En cuanto a esto, mis lectores verán más adelante algo que les interesará.
Como en opinión de la servidumbre yo era un ladronzuelo, vino gente de la policía, y cuando Santorcaz penetró en la habitación y ordenó a los suyos que se apoderaran de mí, huyeron con el rápido paso del terror las dos nobles damas. La algazara de aquel momento no me impidió percibir lejanos gritos y alteradas voces de mujer en las cuadras interiores. Un oficial de la guardia francesa, llamado a última hora no sé por quién, echó de Palacio de un modo algo despreciativo a alguaciles y alguacilado, tratándonos a todos como a gente de perversa ralea.
XXX
No tengáis compasión de mí al verme en esta cuerda ignominiosa, enracimado con otros veinte infelices. No somos ladrones, ni asesinos, ni falsificadores; somos patriotas, insurgentes de aquella gran epopeya, y nos llevan a Francia. Felizmente no se cumplió en nosotros aquel consejo del capitán del siglo, que decía a su hermano: Ahorcad unos cuantos pillos, y esto hará mucho efecto. Por lo que pasó después, se ha venido a conocer que también Álvarez el de Gerona entraba en el número de los pillos. No nos ahorcaron, pues aún vivo para contarlo; y cuando digo que no me tengáis compasión, es porque, después de preso, la policía no me supuso otra criminalidad que la traición a la causa francesa, y me juzgó bastante castigado con el destierro.
—Bien sé yo que no eres ladrón —me dijo Santorcaz en Madrid cuando me ponían en la cuerda que estrechaba en cordial apretón las cuarenta manos de los insurgentes—; pero eres un vil soplón y entrometido, a quien es preciso poner a cien leguas de Madrid. Si te dieras a partido y quisieras ser mi amigo, yo te conseguiría un puesto en la policía, con tal que me sirvieses bien en este negocio.
No con palabras, porque no las merecía, sino con una mirada de desprecio, le contesté, y estuve después meditando sobre mi suerte, hasta que la cuerda se movió y los cuarenta pies de aquella serpiente humana se pusieron en marcha. Éramos los pillos que el Gobierno francés, demasiado generoso, no había querido ahorcar, y se nos mandaba a Francia. Con nosotros iba el gran poeta Cienfuegos. Isidoro Máiquez y Sánchez Barbero fueron poco después, aunque no ensartados.
Al dar los primeros pasos, miré al que iba a mi derecha, atado su codo al mío. ¡Oh, ventura sin igual! Era D. Roque, el lector de periódicos.
—¡Ah, Sr. D. Roque! —le dije—. ¿También habla de esto el Semanario patriótico?
—Queridísimo Gabriel, Dios nos ha puesto juntos en la desgracia como en la prosperidad. Paciencia, y que la Virgen nos deje ver algún día a nuestra inolvidable villa.