—¿Por qué le destierran a usted?

—Hijo, por una calaverada. Cometí la indiscreción de decir en un paraje público que nuestro desgraciado vecino D. Santiago Fernández era un héroe no menos grande que los de la antigüedad, y podía compararse a Codro, Leónidas, Horacio Cocles, Mucio Scévola, y al mismo Catón por la entereza de su ánimo. ¿No lo crees tú así?

—¿Murió nuestro amigo?

—Sí: cuando el general Belliard fue a tomar posesión de Los Pozos, todos entregaron las armas. D. Santiago continuaba encerrado en el jardín de Bringas. ¿Qué pensarás que hizo? Pues por la mañana, al volver de su casa, amontonó toda la leña puesta allí para calentarnos. Ya recordarás que también había una gran cantidad de madera vieja de la casa que han derribado en la esquina. Pues con aquellos materiales y la leña hizo un gran parapeto en el rincón del fondo, donde estaba el gallinero vacío, y púsose dentro de su improvisada fortaleza. Derribaron los franceses la puerta del jardín, y cuando vieron aquel monte de madera, de cuyo interior salía una hueca voz diciendo: «Se rendirá Madrid, se rendirán Los Pozos; pero el Gran Capitán no se rinde», tuvieron al que tal decía por loco y diéronse a reír. Pero Fernández había puesto dentro una buena cantidad de cartuchos, y dale que le das, empieza a hacer fuego por las aberturas y resquicios de su montón de leña. Los franceses, que se vieron heridos (y alguno de ellos murió), arremetieron contra el gallinero, destruyendo los parapetos de madera vieja. Fernández no cesaba de hacerles fuego desde adentro. Pero cátate que a lo mejor empieza a salir humo, y luego llamas que crecieron rápidamente, y la ronca voz del defensor del gallinero gritaba: «Viva España; mueran los franceses y el granuja de Napoleón.»

Mandó el oficial que se apartase la madera para sacar a aquel desgraciado, que sin duda excitaba su admiración; pero Fernández gritó de nuevo: «Se rendirá Madrid, se rendirán Los Pozos; pero el Gran Capitán no se rinde», hasta que cesó la voz, y las llamas, extendiéndose vorazmente, destruyéronlo todo. La inmensa hoguera estuvo humeando todo el día. Cuando aquello se acabó, buscaron el cuerpo; pero estaba hecho ceniza.

Calló D. Roque, y en el mismo instante el que nos conducía por la Mala de Francia mandó que hiciéramos alto. Al detenernos vimos que por el camino y hacia Chamartín venían algunos coches y gran número de jinetes con deslumbradores uniformes. Era el Emperador que volvía de su visita al Palacio de Madrid y caminaba hacia su Cuartel. Iba en coche, y al pasar, nuestro guía y los soldados que nos custodiaban mandáronnos que le diéramos vivas. Fue preciso repartir algunos culatazos para que obedeciéramos, y cuando el grande hombre pasó, algunos le saludaron. Sin duda por estas y otras ovaciones de la misma clase, escribía con fecha 17 de diciembre: «En las poblaciones por donde paso, me manifiestan mucha simpatía y admiración.»

—Acabe usted de contarme la muerte de nuestro amigo—, dije a D. Roque una vez que pasó la procesión.

—Ya no queda nada —repuso—, sino que con toda su grandeza y poder, el hombre que acaba de pasar no llega ni con mucho a la inmensa altura del Gran Capitán. Algunos han dicho que nuestro amigo estaba loco; pero ese que ahí va, ¿está en su sano juicio?

Enero de 1874.

FIN DE «NAPOLEÓN EN CHAMARTÍN»