—¿Qué hay, Sr. de Cuervatón? ¿Qué le pasa?
—Que después que me estoy arruinando por favorecer con mi pequeña hacienda a los necesitados, he aquí que un señor Condesito de Rumblar o de Barrabás con pintas, me debe más de nueve mil reales, y después de no pagarme ni un céntimo de interés (que no son más de peseta por duro al mes), viene a pedirme más dinero. Canalla, catacaldos: ¿qué me importa que sea noble y que le vayan a caer dos mayorazgos?
—¿D. Diego de Rumblar? —dijo Salmón; y luego, volviéndose a mí, añadió—: no olvides, Gabriel, que tenemos que hablar.
—Pues o me paga —prosiguió Cuervatón—, o el mejor día le desnudo en medio del Prado delante de las damas.
En esto salimos al corredor, y ¡oh, espectáculo lamentable! se ofreció a nuestra vista el de D. Diego azuzado en medio del patio por todos los chicos de la vecindad como novillo en plaza. Mujeres habladoras habían salido por los cien agujeros de aquella colmena, y unas con cáscaras de castañas, otras con palabras picantes, le mortificaban en lo moral y en lo físico. Especialmente la mujer de Cuervatón, que era una hidra con más rabos y espinas y escamas en su alma que las mitológicas en su cuerpo, poniéndose de pechos en el barandal, después de escupirle, le decía:
—Tío pingajo de oro, ¿tenemos nuestro dinero para mantener haraganes?... ¿Ahorramos nosotros para daros esa agua de bergamota de que apestáis? Coma usted clavos, y si es noble y espera mayorazgos, póngase a roer sus jicutorias, o coja una espuerta y vaya a vender arena, como hacen mis dos hijos, que aunque no les falta para comer y vestir como niños de príncipe, andan al trabajo de la arena desde que saben llevar la mano a la boca. ¡Cuidado con el señorito D. Pelagatos! Y dice que es Conde... Conde es él como mi abuelo. Ea, muchachos, rociadle un poco con la esencia de ese fango de azahar argentino que hay en el patio... Coged también esas cáscaras de nuez, y la ceniza de aquel braserillo.
Los muchachos que esto oyeron, y que se habían adelantado a poner en ejecución auctoritate propia lo del rociar, descargaron sobre el infeliz D. Diego, a punto que este salía, tal lluvia de inmundas substancias, le persiguieron tan encarnizadamente por el portal y luego por toda la calle del Barquillo, que daba compasión ver al infeliz magnate corrido, avergonzado y lloroso.
El Padre Salmón, que era hombre caritativo, reprendió a los muchachos su grosería, y a la señora de Cuervatón su crueldad. Cuando se dispuso a bajar, todos se lo disputaban no queriendo dejarle de la mano: este le enseñaba los cinco perritos recién paridos por Zoraidilla; aquel le hacía tocar con el dedo el diente de la niña; uno le pedía receta para el dolor de muelas; otro le cantaba una seguidilla nueva, y todos le daban tales muestras de cariño y admiración, que bien se le podía considerar como el hombre más popular de su tiempo.
Cuando bajaba, allí eran de oír las exclamaciones, las palmadas, los vítores, y de ver los besos de correa, y el pedir y dar bendiciones.
—¿Cuándo me receta para estos desmayillos?