—Precisamente en lo intrincado está el mérito de la invención —observó el otro fraile—. La prosa llana se cae de las manos, y así no comprendo cómo Vuestra Paternidad está ahora tan embebecido en la lectura de ese folleto, Gobierno pronto y reformas necesarias.

—Más que por lo que dice, me interesa por lo que todos los papeles de esta clase indican de alteraciones y disputas para lo porvenir.

—Los españoles —dijo la Condesa— no se cuidan ahora de lo porvenir.

—Permítame usía que le diga que está muy equivocada —repuso Castillo—. Observando atentamente todos los impresos que salen a luz (y los papeles impresos son quien más que otra cosa alguna da a conocer lo que piensa y anhela un pueblo cualquiera); observando, digo, esto que aquí tenemos, se ve que los españoles, bajo la aparente conformidad que nos da la guerra, estamos muy divididos, y eso se conocerá cuando con las paces venga el deseo de establecer las nuevas leyes que nos han de regir. Aquí tengo unas Reflexiones de un español, y modo de organizar un Gobierno que concluya la grande obra de la eterna libertad y prosperidad de la nación. No parece mal escrito, y apunta con timidez la idea que creo desarrolla atrevidamente este cuaderno que se intitula Política popular acomodada a las circunstancias del día: propone la Constitución que la España necesita para cortar de raíz el despotismo. Por el mismo estilo y con igual tendencia está hecho este otro que dice Reflexiones de un viejo activo a un amigo suyo sobre el modo de establecer una Constitución.

—Y por lo que veo —dijo Amaranta leyendo la portada de otro libro—, este trata del mismo asunto: Manifiesto del español, ciudadano y soldado, donde se da conocimiento de nuestros anteriores padeceres y esperanzas en nosotros mismos, respecto al mundo individual.

—Por San Buenaventura y los cuatro doctores, que no sé lo que ha querido decir ese buen hombre con lo del mundo individual; pero lo apartaremos para leerlo después.

—¿Y cree Vuestra Paternidad que hay divergencia de pareceres entre los diversos autores que tratan de política y de Constitución? —preguntó Amaranta.

—¡Oh! —exclamó Castillo—, por aquí aparece la punta de un impreso, en quien desde luego conozco la opinión contraria. Sí, señora Condesa: no hay más que leer este título, Higiene del cuerpo político de España, o medicina preservativa de los males con que la quiere contagiar la Francia, para comprender que este es amigo del despotismo. Pues ¿y dónde me deja usía estas Conclusiones político-morales que ofrece a público certamen contra los herejes de estos tiempos un fraile gilito? No me gusta que los regulares se ocupen de estos asuntos, y desearía que, concretándose a su ministerio de paz, aguardaran tranquilos lo que los tiempos futuros traigan de calamitoso para nuestro instituto. Pero no es posible contener esta gritería que por todos lados sale en defensa de opuestos intereses, y venga lo que viniere, que si Dios no lo remedia, será gordo y sonado. Entre tanto, póngame usía a un ladito estos libros que tratan de la Constitución y el despotismo, pues pienso examinarlos espaciosamente. ¿Pero qué veo? ¿Ha puesto vuecencia en el montón escogido esos cuatro librillos de novelas simples? Parece mentira que en esta época empleen nuestros libreros su tiempo y dinero en traducir del francés tales majaderías... ¿A ver? La marquesa de Brainville, la Etelvina, los Sibaritas, el Hipólito. Vaya toda esta romancil caterva a deleitar al Padre Salmón, y si tarda en devolverla, mejor, que así podrá vuestra grandeza entretenerse en mejores lecturas.

—En esto de novelas andamos tan descaminados —dijo Amaranta—, que después de haber producido España la matriz de todas las novelas del mundo y el más entretenido libro que ha escrito humana pluma, ahora no acierta a componer una que sea mayor del tamaño de un cañamón, y traduce esas lloronas historias francesas, donde todo se vuelve amores entre dos que se quieren mucho durante todo el libro, para luego salir con la patochada de que son hermanos.

—Pues para mí —dijo Salmón—, no hay más regocijada lectura que esa; y vengan todos para acá.