—Abulta bastante, señora Condesa —indicó Castillo—, el apartado de los que defienden la Constitución. Hágame vuestra merced otro con los apóstoles del despotismo, que hasta ahora parecen los menos. Pero no: por aquí sale un libelo titulado Gritos de español en su rincón, que al instante puedo colocar entre los del despotismo.
—Y aquí hay otro —dijo Amaranta— que, si no me equivoco, también es del mismo estambre. Titúlase Carta de un filósofo lugareño que sabe en qué vendrán a parar estas misas.
—¡Magnífico! Desde que oí eso del filósofo lugareño, lo diputé por enemigo de los constitucionales. Vaya al segundo montón; y los leeremos a unos y a otros para saber, como dice el encabezamiento, en qué vendrán a parar estas misas. Esta lucha, señora mía, o yo me engaño mucho, o ahora es un juego de chicos comparada con lo que ha de venir. Cuando se acabe la guerra, aparecerá tan formidable y espantosa, que no me parece podrá apaciguarla ni aun el suave transcurso de todos los años de este siglo en cuyo principio vivimos. Yo que observo lo que pasa, veo que esa controversia está en las entrañas de la sociedad española, y que no se aplacará fácilmente, porque los males hondos quieren hondísimos remedios, y no sé yo si tendremos quien sepa aplicar estos con aquel tacto y prudencia que exige un enfermo por diferentes partes atacado de complicadas dolencias. Los españoles son hasta ahora valientes y honrados; pero muy fogosos en sus pasiones, y si se desatan en rencorosos sentimientos unos contra otros, no sé cómo se van a entender. Mas quédese esto al cuidado de otra generación, que la mía se va por la posta al otro mundo, con más prisa de lo que yo deseo. Y entre tanto, guárdeme usía esos dos montones de libros, que todos quiero leerlos. Aquí el departamento de la Constitución, a este otro lado el del despotismo... pero ¡pecador de mí! A vuecencia se le ha ido la mano, dejando que se colara en estas regiones un papelejo que desde su principio fue destinado al paladar de mi reverendo amigo. Afuera ese desvergonzado intruso.
—¡Ah! —exclamó Amaranta riendo—. Es un Retrato poético del que vende santi barati y el sartenero victoreando al primer pepino que plantó un corso en tierra de España, y no ha prendido.
—¡Venga acá! —dijo con gran alegría Salmón—. ¡Y cómo se escapaba esa joya! Al convento me lo llevo junto con este otro, que aunque no trata de la guerra ni de política, parece libro de recreación científica y de honestísimo divertimiento. Es la Pirotécnica entretenida, curiosa y agradable, que contiene el método para que cada uno pueda formarse en su casa los cohetes, carretillas y bombas, etc., con tres láminas demostrativas de todas las operaciones del sublime arte de polvorista.
—Y ahora, señora Condesa de mi alma —dijo el Padre Castillo levantándose—, ya que he molestado bastante a usía, y hecho el escrutinio que vuestra grandeza deseaba, me retiro, pues esta tarde celebra solemne rosario la Hermandad del Socorro de Nuestra Señora del Traspaso, y me toca predicar.
—Yo pertenezco a la del Rescate —indicó Amaranta—, y creo que es la semana que entra cuando hacemos nuestra función de desagravios. Y Vuestra Paternidad, Padre Salmón, ¿no predica en estas fiestas?
—¿Cómo no? La Real Congregación y Esclavitud de Nuestra Señora de la Soledad, me ha encargado dos pláticas para la semana que entra. Veremos qué tal salgo de ellas.
El Padre Castillo, que sin duda tenía prisa, se fue, y allí quedamos Salmón y yo. Desde que hubo salido su compañero, tomó aquel la palabra y dijo:
—Pues como tuve el honor de indicar a usía, este muchacho sabe todo lo concerniente a D. Diego, a sus artimañas, trapicheos y correrías, y él satisfará a vuecencia mejor que cuanto yo, relata referendo, pudiera decirle. Pero ¿será cierto, señora mía, lo que al entrar me ha dicho el señor Marqués D. Felipe?