—¿Qué?
—Que usía ha tenido anoche la felicísima suerte de hacer confesar a esa linda niña todo lo que de ella queríamos saber.
—Así es —dijo Amaranta—. Todo me lo ha confesado.
—La paz de Dios sea en esta ilustre casa. ¿Dónde está ese blanco lirio, que la quiero felicitar por el buen acuerdo que ha tenido?
—Esta tarde no se la puede ver, Padre. Ya que su merced ha tenido la buena ocurrencia de traerme este joven, a quien supone al tanto de lo que quiero saber, tenga la bondad de dejarme a solas con él, para que la presencia de una persona grave y respetabilísima como Vuestra Reverencia no le impida decirme todo lo que sabe, aunque sea lo más secreto.
—Con mil amores obedeceré a usía —dijo el Padre Salmón; y con esto se retiró, dejándome solo con aquella estrella de la hermosura, con aquella deslumbradora cortesana, a quien nunca me había acercado sin sacar de su trato el fruto de una gran pesadumbre.
VIII
—No ha sido una simpleza de este buen religioso lo que te ha traído aquí —me dijo severamente—; esto ha sido obra de tu astucia y malignidad.
—Señora —le respondí—, por mi madre juro a usía que no pensaba volver a esta casa, cuando el Padre Salmón se empeñó en traerme, con el objeto que él mismo ha manifestado.
—¿Y qué sabes tú de D. Diego?