—Yo no sé más sino aquello que no ignora nadie que le trata.
—D. Diego es jugador, francmasón, libertino; ¿no es cierto?
—Usía lo ha dicho; y si lo confirmo, no es porque me guste ni esté en mi condición el delatar a nadie, sino porque eso de D. Diego todo el mundo lo sabe.
—Bien: ¿y tú querrías llevarme a mí o a otra persona de esta casa a cualquiera de los abominables sitios que el Conde frecuenta por las noches, para sorprenderle allí, de modo que no pueda negarnos su falta?
—Eso, señora, no lo haré, aunque usía, a quien tanto respeto, me lo mande.
—¿Por qué?
—Porque es una fea y villana acción. Don Diego es mi amigo, y la traición y doblez con los amigos me repugna.
—Bueno —dijo Amaranta con menos severidad—. Pero me parece que tú eres tan necio como él, y que le llevas a la perdición, incitándole y adulando sus vicios.
—Al contrario, señora: a menudo le afeo su conducta, diciéndole que tal proceder es indigno de caballeros, y que al paso que deshonra su casa, deshonra también a aquella con quien va a emparentarse.
—Eso está muy bien dicho —afirmó con pesadumbre—. Lo que hace Rumblar no tiene perdón de Dios. ¿Y quién le acompaña en su libertinaje?