—El Sr. de Mañara y D. Luis de Santorcaz.

—¡También ese! —dijo con sobresalto y súbita transformación en su bello rostro—. ¿Qué hombre es ese? ¿Le conoces tú? ¿Dónde vive? ¿En qué se ocupa?

—Si he de decir verdad, aún ignoro qué clase de hombre es. Tampoco sé dónde vive; pero he oído que es espía de los franceses, y que estos le dan un sueldo para que les escriba todo lo que pasa. Esto me han dicho; pero no lo aseguro.

Entonces Amaranta acercó su silla a la mía; mirome como quien se dispone a entablar relaciones de confianza, y me habló así con voz dulce:

—Gabriel, está de Dios que me prestes de vez en cuando servicios de esos que no se encomiendan sino a la despierta observancia y a la discreta malicia. ¿Querrás averiguar si D. Diego anda también en conspiraciones y malos pasos con ese que has llamado espía de los franceses?

—No sé si podré hacerlo, señora. Tendría que hacerme dueño de su confianza para abusar de ella. Por otro conducto podrá averiguarlo su señoría.

—Estás orgulloso; pero ven acá, chicuelo: ¿quién eres tú? ¿A quién sirves ahora?

—No sirvo a nadie, ni quiero servir. Por ahora soy soldado, si soldado es ser alguna cosa. Vivo de la paga que da el Ayuntamiento de Madrid a las tropas que ha levantado. Pero no tengo afición a las armas, y si las tomo hoy es por puro patriotismo y solo mientras dure la guerra. Después Dios dispondrá de mí, aunque, como no tengo riquezas, ni padres, ni parientes, ni papeles de nobleza, ni protección alguna, espero que no saldré de esta humilde esfera en que he nacido y vivo.

—¿Quieres que te proteja yo? ¿Necesitas algo? —me preguntó con bondad—. Te buscaré un buen acomodo, te socorreré, si por acaso no estás muy desahogado.

—Aunque el recibir limosnas no deshonra a nadie, antes me asparían que tomarlas de vuecencia.