—Gabriel, o eres un hipócrita, o en verdad, en verdad, que me vas pareciendo un joven no solo discreto, sino de honradas ideas. Ya veo que comprendes el sentido natural y templado de las cosas, y que sabes enfrenar la impetuosidad y petulancia propias de la juventud.
—Señora, lo que he dicho a usía es la pura verdad: así me conceda Dios una buena muerte en mi última hora.
—Pues ya que me hablas con tanta franqueza, no quiero ser menos contigo. ¿Serás tú hombre a quien se pueda confiar un pensamiento delicado, un pensamiento de esos que la vulgaridad no comprende ni estima en su justo valor?
—Creo que podrá vuecencia confiarme lo que quiera.
—¿Lo comprenderás tú? Vamos a ver. Dices que has renunciado a que te ame mi prima, reconociendo la inmensa inferioridad de tu posición.
—Sí, señora: así es.
—Muy bien; pero es el caso... no sé cómo decírtelo. Al indicarte que te daría riquezas, quise expresar que esperaba de ti un grande, un extraordinario favor.
—Si está en mí el prestarlo, no necesito que se me dé nada. ¿Quiere usía que me marche? Pediré mi licencia. Pues qué, ¿acaso la señorita Inés se acuerda alguna vez de este miserable?
—Respóndeme lo que te inspire tu buena razón, Gabriel —me dijo la Condesa con grave acento—. Figúrate tú que a la señorita Inés se le pusiese en la cabeza el no querer a nadie más que a ti... no es así... pero va como ejemplo: figúratelo.
—Ya está figurado.