—Pues bien: ¿no te parece natural que yo y mis tíos nos opongamos a ello por todos los medios posibles?

—Sí, señora, me parece muy natural —repliqué con asombro—; pero si ella se empeña...

—Ella no se empeña... no es eso... es que... vamos, te lo diré francamente. Aunque no aseguro yo que Inés te ame, ni mucho menos, porque esto sería un gran despropósito, ocurre que... es natural que sienta algún afecto hacia los que fueron compañeros de sus desgracias... Todo es un capricho, una obcecación pueril, que se le pasará seguramente. ¿No crees que se le pasará?

—Sí, señora, pasará.

—Pero para que esto acabe de una vez, necesito tu ayuda. Puesto que te veo tan razonable, puesto que reconoces que sería en ti una estupidez aspirar a casarte con ella... ¡Casarte con ella! ¡qué risa! ¡un pelagatos como tú...! Parece esto cosa de comedia; ¿pero no te ríes tú también?

—Sí, señora, ya me estoy riendo —respondí haciéndolo de muy mala gana.

—Pues decía —continuó, cesando en su afectada hilaridad— que, en vista de tu buen sentido, espero de ti lo que vas a oír. Repito que te daré lo necesario para que en otro país lejos de España puedas hacer una fortuna; te daré la fortuna hecha si quieres...

—¿Y qué he de hacer para eso?

—Nada... vienes aquí estos días, so color de entrar a servirme; tratas a Inés, y luego, durante algún tiempo, fingirás hacer las cosas más feas, cometer las acciones más abominables y los delitos que más rebajan al hombre, de modo que ella, con el espectáculo de tu envilecimiento, vuelva en sí del trastorno que por ti tiene y todo acabe. Es sumamente fácil para ti: entras aquí en mi servicio, y a los pocos días me robas una sortija u otra prenda cualquiera; luego fingimos nosotros haber descubierto tu crimen, y afeamos en público tu conducta; luego, si hablas con ella, me calumniarás, diciendo de mí mil herejías, y también hablarás mal de ella delante de alguna criada que venga a contárnoslo... y por este estilo harás una serie de maldades de esas que más envilecen a la criatura.

—¡Señora! —exclamé sin poder sofocar por más tiempo la ira—. Si usía me da toda esta casa llena de dinero, no haré lo que me pide. ¡Cometer delante de ella una infame acción! Me dejaré matar mil veces antes que tal haga. Cuando éramos amigos, más temía a sus censuras que a mi conciencia; y si algo bueno hice, hícelo porque ella lo viera y me aplaudiese, que más estimaba su aprobación que todos los bienes del mundo. Huiré para ir a donde no me vuelva a ver; pero pensar que he de envilecerme delante de ella, eso jamás. Adiós, señora, me voy de aquí —añadí levantándome—. Por segunda vez me quiere usía envolver en intrigas y fingimientos cortesanos en que es tan gran maestra.