—Aguarda —dijo deteniéndome.
—¿No está más en el orden natural lo que yo quiero hacer —añadí—, que es marcharme y no parecer más por Madrid?
—Eres un majadero —afirmó con despecho—. ¿Qué te cuesta hacer lo que te propongo? ¿Pierdes tú algo en ello? Ven acá, truhan de las calles: ¿acaso tienes algún nombre que deslustrar o alguna posición que perder? ¡Cuántos mejores que tú no se apresurarían a prestar este servicio por el aliciente de la recompensa que yo te ofrezco! ¿Pues acaso podías tú ni soñar con la fortunilla que te pienso ofrecer, farsantuelo? ¡Miren el caballerón finchado, siempre a vueltas con su honor y su conciencia, y su deber acá y su reputación allá!
—Si usía me da licencia, me retiraré —dije, resuelto a poner fin a la conferencia.
—No, aquí has de estar todavía. Por lo que veo, crees que mi primita se acuerda alguna vez de tus simplezas y majaderías —declaró con enfado—. Anda noramala, chicuelo andrajoso. ¿Piensas que creo en tus hipócritas declamaciones? ¿Piensas que tomo en serio los generosos pensamientos que con tanto arte me has manifestado, echándotela de caballero? ¡Oh! ¡Esto me pone fuera de mí! Yo le diré a esa antojadiza quién eres tú y cuáles son tus mañas. O hará lo que yo le mando —añadió con creciente enojo— y pensará como yo quiero que piense, o esa niña no es de mi sangre, no, no puede serlo. ¡Cuánta contrariedad, Dios mío!... No quiero verte más, Gabriel; vete de aquí... pero no, ven acá: tú no tienes la culpa de esto. Dime, ¿quién eres tú? ¿Dónde has nacido? ¿Tienes alguna noticia de tus padres?... A veces suele acontecer que el que se creía humilde...
—No espere usía —repuse sonriendo— que de la noche a la mañana me caiga en herencia un gran ducado. Eso pasa algunas veces, como ha sucedido con Inés; pero de tales pasos de novela entran pocos en libra. Humilde nací, y humildísimo seré toda mi vida.
—Lo digo porque si tú fueras una persona decente, te sentarían bien esos aspavientos que has hecho —me contestó—. No lo decía por otra cosa, desdichadote; no te vayas a envanecer sin motivo. Vete, estoy muy disgustada.
Y luego, olvidándose de mí para no pensar más que en sus propias contrariedades, exclamó así:
—¿Por qué, Dios mío, cuando trajiste a esa niña a nuestra casa, nos trajiste también esta gran pesadumbre?
—¿Quiere usía mucho a su hija? —le pregunté.