—A mi prima, querrás decir.
—Eso es: me equivoqué.
—¡Que si la quiero! Desde que entró aquí no vivo más que para ella. Es un santo delirio lo que siento, y si Inés me faltara, me moriría sin remedio. Mi desesperación consiste en que al traerla aquí no podemos o no sabemos darle la felicidad que ella merece. ¿Pero es acaso culpa nuestra?
—¿Y persiste vuecencia en casarla con Don Diego?
—¡Oh, no! D. Diego es un libertino; ya no me queda duda. Yo me opondré a que se case con él.
—Hace bien usía, y a la señorita Inés no le faltarán jóvenes de familia distinguida entre quienes elegir esposo. Por de pronto, señora, yo me atrevo a aconsejar a usía que rompa definitivamente con D. Diego. Las malas compañías de este joven son un peligro para la tranquilidad de esta casa.
—¿Qué quieres decir? Ahora me viene a la memoria ese hombre que hace poco nombraste y que me causa miedo.
—¿Santorcaz? Sí, señora; y ya que le nombro, voy a tener el valor de poner a vuecencia al corriente de ciertas asechanzas, para que esté prevenida. Yo asistí a la batalla de Bailén, y allí, por casualidad singular, vinieron a mis manos unas cartas...
Amaranta se inmutó.
—Señora, si he sabido casualmente alguna cosa que no debía saber, yo juro a usía que el secreto no ha salido de mis labios ni saldrá mientras viva.