La Condesa pareció poseída de nerviosa exaltación.
—¡Estás loco! —exclamó—. ¡Qué majaderías me cuentas! Ni qué tengo yo que ver con esas cartas ni con ese hombre.
—En fin, señora, aunque dé a usía un mal rato, quiero entregarle las dichas cartas.
—A ver, a ver —dijo pasando de la exaltación a una palidez intensa que la puso como difunta.
—Vea usted esta primera —dije entregándole la que ella había dirigido a Santorcaz.
—¡Esto parece un sueño! —exclamó reconociéndola—. Pero ¿cómo ha llegado a tus manos este papel? ¡Miserable chiquillo de las calles! ¿Quién te mete a leer estas cosas?...
Entonces le conté el suceso que me puso en posesión de aquellas esquelas, lo cual oyó muy atentamente, y después, oprimiéndose las sienes con ambas manos, exhaló lamentos dolorosos.
—Pues ahora vea usía esta otra que parece contestación a la precedente, y que no llegó a ponerse en el correo; pero que al fin viene a su poder, aunque tarde, por mi conducto.
Leyó ávidamente la carta, y a cada rato la indignación se traslucía en su hermoso semblante. Cuando la hubo leído, rompiola coléricamente en menudos pedazos, y dijo así:
—¡Ese miserable me amenaza! ¡Dice que si su hija no está hoy en su poder lo estará mañana!