—Vuecencia recordará lo que ocurrió cuando la familia toda vino de Andalucía. Yo formaba en la escolta que acompañó a sus mercedes desde Bailén hasta Santa Cruz de Mudela, y contribuí a poner en fuga a la canalla que detuvo los coches.

—Eran ladrones.

—Sí; pero su intento no era despojar a los viajeros. Usía recordará que nos fue muy fácil darles una severa lección; pero lo que sin duda ignora es que allí estaba el Sr. de Santorcaz, escondido entre las cercanas malezas, pues él y no otro mandaba aquella brillante tropa de forajidos. Yo, que había leído la carta y además tenía sospechas por ciertas palabras que en Bailén oí a ese D. Luis, solicité un puesto en la escolta que al señor Marqués concedió el General, y en ella formaron también algunos de mis buenos compañeros. Pero todavía falta a vuecencia el leer la más curiosa de las tres cartas que en aquella ocasión memorable vinieron a mis manos. Aquí está, y ella le hará ver la infame deslealtad de un criado de su propia casa.

Tomó la Condesa la carta en que Román daba a Santorcaz noticia circunstanciada de lo ocurrido con motivo de la legitimación de Inés; y mientras la leía, tan pronto la rabia hacía brotar lágrimas de sus ojos, como los inflamaba con vivo resplandor.

—Ya sospechaba yo la infidelidad de ese vil, que todo nos lo debe —exclamó—; pero mi tía le tiene cariño y por eso sigue en la casa... ¡Qué infamia! Pero tú, necio mozalbete, ¿para qué has leído estas cosas? Vete, quítate de mi presencia... no, no, ven acá: tú no eres culpable.

—Señora —respondí—, ningún nacido sabrá de mí lo que usía no quiere que se sepa. Yo esperaba una ocasión de entregar a vuecencia esas cartas, y mientras han estado en mi poder, nadie, absolutamente nadie más que yo las ha leído.

—¡Oh! ya sé lo que debo hacer para defenderme, y defender a mi hija de tan miserables asechanzas.

—Santorcaz es íntimo amigo de D. Diego, le acompaña a todas partes, le aconseja y le dirige. Yo he sorprendido sus conversaciones íntimas, y por ellas veo que el pérfido amigo y consejero de Rumblar no ha desistido de sus proyectos.

—Yo estoy trastornada, yo estoy confusa —dijo Amaranta levantándose de su asiento—. No, no, Gabriel, no te vayas. Tú eres un buen muchacho: yo quiero recompensarte de algún modo, dándote lo necesario para que vivas con el decoro que mereces... Pero no pienses en Inés, ¿sabes? Es una demencia que pienses en ella. ¡Pobre hija mía! La hemos sacado de la miseria; la hemos dado nombre, fortuna, posición, y no podemos hacerla feliz. ¡Esto me vuelve loca! Cuando la veo indiferente a todas las distracciones que le proporcionamos; cuando veo la imposibilidad de hacerme amar por ella, como yo quiero que me ame; cuando la observo pensativa y muda, y considero que echa de menos la apacible estrechez y contento que disfrutaba viviendo con el cura de Aranjuez, me siento morir de pena y paso llorando largas horas. ¡Pobre hija mía! ¡Ni siquiera le puedo dar este nombre, pues hasta con los de casa he de guardar secreto! ¡Ella y yo somos igualmente desgraciadas! ¿Por qué no haces lo que te propuse, Gabriel? ¿A qué vienes con humos caballerescos? ¿Eres acaso más que un infeliz? Pero no: tienes razón; no te degrades a sus ojos: tú tienes sentimientos nobles; tú eres un caballero, aunque no lo parezcas. Tú mereces mejor suerte; Dios no es justo contigo... ¡Ay! voy viendo que tú también eres muy desgraciado.

Esto decía la Condesa con muestras no solo de gran dolor, sino también de cierta confusión mental, hija de las diversas sensaciones a que se había visto sometida; y sentándose luego, permaneció en silencio gran rato. Así estaba cuando creí sentir lejano ruido de voces en lo interior de la casa; rumor que apenas se percibía, y que para mí hubiera pasado inadvertido, a no haber corrido Amaranta súbitamente hacia una de las puertas, prestando atención a lo que tan débilmente se oía.