—Es mi tía —dijo después de una larga pausa—; es mi tía que no cesa de reñirla. Porque no quiere someterse a las majaderías de un ridículo maestro de baile, ni hacer dengues ante los petimetres que nos visitan, la tratan de este modo. ¡Y yo no puedo impedirlo, Dios mío! —añadió juntando las manos con mucha aflicción—. ¡Pero si no soy nada aquí, ni tengo autoridad alguna sobre ella! He de presenciar sus martirios, fingiendo aprobarlos, y estoy condenada a aplaudir las violencias, las intolerancias, las imposiciones, el proceder suspicaz y mezquino, que la hacen tan infeliz.
Amaranta hizo ademán de salir; contúvose junto a la puerta; retrocedió luego, indicando en su marcha y ademanes una grandísima agitación. Después me miró con asombro, como si se hubiese olvidado de mi presencia y de improviso me viera.
—Gabriel —me dijo—. Vete, vete al punto de aquí, y no vuelvas más. ¡Ay! ¿Por qué no querrá Dios que, en vez de ser quien eres, seas otra persona?
La conmoción me impedía hablar, y sin decir sino medias palabras, despedime de ella, besándole respetuosamente las manos. Entonces Amaranta me tomó una de las mías, y mirándome con calma, derramando lágrimas de sus bellos ojos, me dijo esto, que no olvidaría aunque mil años viviese:
—Gabriel, eres un caballero; pero Dios no ha dispuesto darte el nombre y la condición que mereces. Si quieres darme una prueba de la nobleza de tus sentimientos y de la rectitud de tu juicio, prométeme que has de desaparecer para siempre de Madrid, y no presentarte jamás donde ella te vea. Se le dirá que has muerto.
—Señora —respondí—, ignoro si me permitirán salir de Madrid; pero si algo impide esta mi resolución, yo prometo a usía, por Dios que nos oye, salir de Madrid; y entre tanto que aquí esté, juro que no me presentaré a ella, ni haré por verla, ni consentiré en cosa alguna por la cual venga a conocer que estoy en el mundo. Este es mi deber.
—Tendré presente lo que me has jurado —dijo ella—. No te arrepentirás de tu conducta. Adiós.
IX
Estrechome entre las suyas mis manos la Condesa, con muestras de vivo agradecimiento, y salí de aquella estancia y del palacio con tan profunda emoción, que no era dueño de mí mismo. Cuando llegué a mi casa, después de vagar por Madrid toda la tarde, arrojeme sobre mi lecho, donde en vela pasé la noche entera, revolviendo en mi mente las palabras del diálogo con Amaranta: llorando a veces, a veces profiriendo gritos de rabia, y tan excitado, que mis buenos patronos creyéronme atacado de violenta fiebre.
A la mañana siguiente, después que rendido a la fatiga dormí con sueño irregular y espantoso durante algunas horas, Doña Gregoria llegose a mí y me despertó diciendo: