—¿Qué es esto? Durmiendo a las diez de la mañana. Arriba, arriba, mocito. ¡Y se ha acostado vestido! Vamos, que son las diez... Pero, chiquillo, ¿qué haces, en qué piensas? Por ahí ha pasado la quinta compañía de voluntarios, tan majos y tan bien puestos con sus uniformes nuevos, que darían envidia a un piquete de guardias walonas. ¡Ay, qué monísimos iban! A los franceses les dará miedo solo de verlos. Nada les falta, si no es fusiles, pues como en el Parque no los había, no se los han podido dar; pero llevan todos unos palitroques grandes que les caen a las mil maravillas, y de lejos parece que llevan escopetas. Vamos, levántese el Sr. Gabrielito: ¿no eres tú de la quinta compañía? Levántate, que ya dicen que está Napoleón Bonaparte a las puertas de Madrid, montado en una mula castaña y con la lanza en el ristre para venir a atacarnos.

—Mujer, ¿qué disparates estás diciendo? —observó el Gran Capitán—. Napoleón no está en Madrid, sino que parece entró ya en España y anda sobre Vitoria. Por cierto que dicen ha habido una batallita... Pero, chico, ¿no vas a coger tu fusil?

—Hoy mismo me voy de Madrid, señor D. Santiago.

—¿Que te vas de Madrid, después de alistado? Pues me gusta el valor de este mancebo.

—Es que voy a ver si me permiten pasar al ejército del Centro, que está en Calahorra, y creo que me lo concederán.

—¡Oh! no lo esperes, porque aquí, según me dijeron en la oficina, lo que quieren es gente y más gente, pues como algunos dan en decir que hay malas noticias... Yo creo que todo es cosa de los papeles públicos, y a mí no me digan: los papeles públicos están pagados por los franceses.

—¿Conque malas noticias?

—Paparruchas... En primer lugar, ahora salen con que lo de Zornoza, que creíamos fue una gran victoria, es una medianilla derrota, y que el general Blake ha tenido que escapar, refugiándose en las montañas. No se pueden oír estas cosas con calma, y yo mandaría que se le arrancara la lengua al que las repite.

—¡Mentiras, todo mentiras! —exclamó Doña Gregoria—. Si no sé cómo la Junta no manda ahorcar en la plazuela de la Cebada a todos los que se divierten con tales disparates.

—Has hablado muy bien —dijo el Gran Capitán—. Ahora han dado en decir que si en Espinosa de los Monteros ha habido o no ha habido una batalla.