—¿En que también hemos perdido? —preguntó Doña Gregoria.
—¡Así lo dicen; pero quiá! Bonito soy yo para tragarme tales bolas. Ahora encontré al volver de la esquina al Sr. de Santorcaz, el cual me lo dijo, fingiéndose muy apesadumbrado... ¡Pícaro marrullero! Como si no supiéramos que es espía de los franceses.
—¿Conque en Espinosa de los Monteros? ¿Y hemos tenido muchas pérdidas? —pregunté yo.
—¿También tú? —dijo Fernández sin poder disimular el pésimo humor que tenía—. Te voy descubriendo que tienes muy malas mañas, Gabriel.
—No hagas caso de este chiquillo mal criado —dijo Doña Gregoria.
—Es preciso que aprendas a tener respeto a las personas mayores —afirmó el Gran Capitán, mirándome con centelleantes ojos—. ¿Qué es eso de pérdidas? ¿He dicho acaso que nos han derrotado? No mil veces, y juro que no hay tal derrota. ¿Hombres como yo pueden dar crédito a las palabras de gente desconsiderada y vagabunda?
Calleme por no irritar más a mi ingenuo amigo, y mientras me daban de almorzar, entró una visita que en mí produjo el mayor asombro. Vi que avanzaba haciéndome pomposos saludos, y mostrándome en feroz sonrisa su carnívora dentadura, un hombre de espejuelos verdes, en quien al punto reconocí al licenciado Lobo. Lo que más llamaba mi atención eran los extremos de cortesía y benevolencia que en él advertí, y el desusado respeto hacia mi persona que en todos sus gestos y palabras mostrara aquel implacable empapelador, y antes enemigo mío.
—¿Qué bueno por aquí, Sr. de Lobo? —díjele ofreciéndole junto a mí una silla en que se repantigó.
—Quería tener el gusto de ver al señor D. Gabriel.
—¿Señor Don tenemos? Malum signum.