—Y de poner en su conocimiento algo que le importa mucho —añadió—. ¿Pero cómo no ha ido a verme el Sr. D. Gabriel?
—Ya le he encontrado a usted muchas veces en la calle, y como no ha tenido a bien saludarme...
—Es que no habré visto a usted —me contestó melosamente—. Ya sabe el Sr. D. Gabriel que soy más que medianamente ciego... Pues bien: como decía... El Gobierno ha tenido a bien remunerar los buenos servicios de usted.
—¡Mis buenos servicios! —exclamé asombrado—. ¿Y qué buenos ni malos servicios he prestado yo al Gobierno?
El Gran Capitán y su esposa, con medio palmo de boca abierta, prestaban gran atención.
—Modestito es el joven —prosiguió Lobo con aquel artificioso sonreír, que le hacía más feo, si es que cabía aumento en las dimensiones infinitas de su fealdad—. Yo he oído que usted se lució mucho en la batalla de Bailén, y no sé si también en la de Trafalgar, donde parece que mandó un par de fragatitas o no sé si un navío.
Prorrumpí en risas, y los dos ancianos, mis amigos, miráronse uno a otro con espontánea admiración por mis inéditas hazañas.
—Sí... algo de esto ha llegado a oídos del justiciero Gobierno que nos rige, y las Comisiones ejecutivas de la Junta se disputan cuál de ellas echará el pie adelante en esto del recompensar a usía.
—Hola, hola, ¿también soy usía? Pues esto sí que me llena de asombro.
—Pero sea lo que quiera, amigo mío —continuó el leguleyo—, ello es que se ha decidido darle a usía un empleo en América, al inmediato servicio del señor virrey del Perú.