—¡Yo, yo boleras! —repuso la Zaina con tono desapacible y mal humorado—. No me pide el cuerpo boleras.
—Échalas por amor de Dios.
—Digo que no me da la gana. ¿Soy figurilla de tutili-mundi?
—Nacia —dijo gravemente el padre de la consabida—, no se contesta de esa manera, y pues el señor Regidor de mi alma lo manda, cantarás, aunque te pudras.
—Un par de seguidillas al menos.
La Zaina cambió de parecer, y rasgueando una guitarra, cantó:
Todas las duquesitas
De los madriles,
No sirven pa calzarme
Los escarpines.