—¡Regidor el Sr. de Mañara!

—¡Que viva mil años! —exclamaron todos.

—Así es. La sala de alcaldes me ha nombrado —respondió D. Juan—, y es probable que acepte.

—¿Y no se suspenderán los novillos del lunes? —preguntó con mucho interés Majoma.

—Como yo mande, habrá novillos, aunque tengamos a las puertas de la plaza a todos los emperadores del mundo.

—¡Viva el Regidor!

—Y dígame usía, angelito de mi alma —preguntó el tío Mano de Mortero con visible enternecimiento—, esos probecitos que hace dos meses están en la cárcel de Villa porque jugaron a la pelota con seis pellejos de vino por sobre las tapias de Gilimón; esos probecitos corderos, que son más buenos que el buen pan y más caballeros que el Cid, ¿no merecerán de su generosidad que les quite del mal recaudo en que se hallan? ¡Ay, mis queridos niños! ¡Y cómo se me aguan los ojos y se me arruga el corazón al verlos entre rejas! ¿Cómo no, excelentísimo señor, si les he criado a mis pechos y enstruido con mis liciones y enderezado con mis palos? No parece sino que su carne es mi carne, y mal haya el que los vio tan listos de piernas como de ojos por Peña de Francia, y ahora los ve con los brazos cruzados, entre alguaciles, carceleros y toda esa canalla que debería estar frita en aceite para que todo el mundo anduviera en regla.

—Sosiéguese el buen Mortero —dijo Mañara—, que si de algo vale mi influjo, abrazará pronto a sus amigos.

—¡Que suba al quinto cielo el Sr. D. Juan, y juro que le he de traer la mejor muda de camisas en pieza que ha tapado carne de Corregidor desde que el mundo es mundo! Ea, a bailar, a cantar. Nacia, trae aquello blanco del barrilito que apandamos en este viaje.

—¿No han venido Menegilda, ni Alifonsa, ni Narcisa? —preguntó Mañara—. Esto está más triste que un entierro. Tú, Zainilla, echa unas boleras para hacer boca.