—Buen tiempo viene ahora para el comercio, tío Mano —dijo Majoma—. Con esto de la guerra, los franceses por el lado de acá y los ingleses por el lado de allá, la fardería corre que es un primor.

—Dices bien, niñito. La raya de Portugal está hoy que es un bocado de ángeles, y los comerciantes de Madrid me traen ahora en palmitas. Además de que no falta género inglés muy barato puesto en Portugal, por la frontera y por las sierras de Gata y Peña de Francia no se ve un pícaro guarda, porque todos se han juntado a los ejércitos, de modo que viva mi señora la guerra mil años, y abajo Napoleón.

—Como venga a Madrid el infame córcego —dijo Pujitos— se va a quedar asombrado al ver los batallones que hemos formado acá en un ráscate ahí. ¿Han dido ustedes al enjercicio de hoy? ¡Válgame mi Dios y qué tropa! Aquello metía miedo, y si en vez de palos llegamos a tener fusiles, nosotros mesmos nos hubiéramos asustado de nosotros mesmos, echando a correr por todo el campo de Guardias palante.

—Pues yo no me he querido enganchar —dijo Majoma— porque una peseta es poco, y si el tío Mano de Mortero me lleva a la raya, mejor estoy allí que en Flandes; y dejémonos de coger las armas, que por haberlas tomado una vez contra un alguacil, me han tenido diez años mirando a la Puntilla[1] y a los Farallones[2] con una cuenta de rosario en los pies, que si no es por la jura de mi D. Fernando VII, allá me comen los cínifes otros diez.

[1] Cabo en la entrada de Melilla.

[2] Peñasco en la entrada de Melilla.

—Eso no debe apesadumbrarte, Majomilla —dijo Mano de Mortero—, que es de personas cabales el pasear la vista por los Farallones, y testigo soy yo, que aunque no fui allá por el aquel de ninguna sangría mal dada, como tú, echáronme dos años por mor de un paseo a caballo en compañía de cuarenta quintales de hilo de patente, con su Londón y todo, que metí allá por Alcañices. Pero, hijo, acá estamos todos, y Dios y la Virgen nos acompañen para no tener que llevar en los tobillos aquellas telarañas de a dos arrobas, que es el peor corte de polainas que he calzado en mi vida.

Llamaron en esto a la puerta, y vimos entrar al Sr. de Mañara y a Santorcaz, el primero vestido elegantísimamente de majo, con capa de grana y sombrero apuntado.

—¡Gracias a Dios que parece su eminencia por acá! —dijo el padre de la Zaina acercándole una silla a Mañara.

—Ya sabrán ustedes que le tenemos de Regidor de Madrid —gritó Santorcaz.