—No: con su hermana Mariquilla: me equivoqué. Eso todo el barrio lo sabe. ¡Pues no está poco satisfecha Mariquilla! Pero deja eso que nada te importa, Zaina. ¿Me quieres mucho?
—¡Pues no le he de querer, niño —respondió la Zaina sin mirar a D. Diego—, si tengo el corazón que no parece sino que en él me enclavan alfineres!... ¿Vendrá D. Juan esta noche?
—¿A ti qué te va ni te viene, capullito de rosa?
Diciendo esto, D. Diego volvió a extender los alevosos dedos para pellizcarla el brazo; pero en esto alzó la voz el tío Mano de Mortero, diciendo:
—¿Ya estamos de secreticos? A bien que el Sr. D. Diego es un caballero muy apersonado y principal, y viene acá con buenos fines. Nacia, no seas ortiguilla ni te pongas tan picona con mi señor Conde; que si su grandeza te quiere dar un pellizco es por ver lo que vas engordando, y no con intención de ser pesado. Sí, que yo iba a consentir otra cosa en esta casa de la mesma honradez. Pero ¿dónde están, señor Conde, las espuelas de plata que me prometió?
—Mañana, si Dios quiere, las acabará el platero —dijo D. Diego acercándose al grupo.
—¿No sabe usía las noticias que corren?
—Que se ha perdido una batalla en Espinosa de los Monteros.
—Y parece que también anda mal el ejército de Castaños, y que ya Napoleón va sobre Burgos.
—Todo eso es misa rezada —dijo Pujitos— porque ya tenemos en Portugal obra de veinte mil inglesones, que manda uno a quien llaman el tío Mor.