—¡Ideal y fantástico! decía la carta, lo cual significa que te quiero con amor puro y platónico, sin mezcla de ningún liviano apetito.

—¡Ande y que le den garrote! No me hable usía en lengua gringa que no entiendo.

—¿Y qué te han parecido los corales?

—¿Los colares? Mazníficos, como ahora se dice. Solo que ya podía usía haberlos acompañado de la friolera de un par de zarcillos y de una peineta de carey de las que hoy se usan. Y no se olvide mi Condito del alma que me ha prometido un coche pa dir el lunes a los novillos, ni de aquellas doce varas de cotonía para hacerme lo que llaman ahora un savillé. Si no, manque se güelva irmitaño y alacoreta, como dice en su cartapacio, no le he de querer.

—Todo eso tendrás, y aun mucho más —dijo D. Diego tomándole un brazo.

—En el ínterin, manos quietas, Sr. D. Diego, que quien es platono y pantásmico, como usía dice, no ha de gustar de pelliscar carne fofa como la mía. Pero venga acá y contésteme. ¿Se afirma en lo que anoche me contó del Sr. de Mañara?

—Punto por punto, Zainilla de mis entrañas.

—No es que me importe nada de lo que hace ese calaverilla —añadió la verdulera—, sino que una amiga mía quiere saberlo.

—Pues dile a tu amiga que el Sr. de Mañara no la quiere ya, porque está enamorado de una cierta Duquesa y de la Pelumbres, entrambas a dos.

—¡Duquesitas a mi! —exclamó Ignacia, haciendo un gesto aterrador con su derecha mano—. Si es la señora que usía nombró anoche... ya, ya la conozco bien. Hace dos años solía ir en ca la Primorosa con otra amiguita suya, Condesa o no sé qué, alta y morena, y con la Pepilla González, comicastra del teatro del Príncipe. ¡Pues no armaban mal jaleo entre las tres!... ¿Y también está con la Pelumbres?