Era Ignacia Rejoncillos la más hermosa escultura de carne humana que he visto; y digo esto, no porque yo la viese jamás en aquel traje que suelen usar la Venus de Médicis, la de Milo ni otras marmóreas damas por el mismo estilo, sino porque claramente se le traslucían, a favor de los vestidos de entonces, la corrección, elegancia y proporcional forma de las distintas partes de su cuerpo; que el traje, lejos de afear estas femeninas esculturas, antes bien las hermosea, y más admirables son supuestas que vistas.
Guapísima de rostro, tenía un blanco nacarado, sin que jamás se hubiese puesto otro afeite que el del agua clara, y unos ojos chispos, pardos, adormecidillos, tan pronto lánguidos como enardecidos, de esos medio santurrones y medio borrachos, que suelen encontrarse viajando por tierra de España, detrás del cajón de una plazuela, al través de las rejas de un convento, y para decirlo todo de una vez, lo mismo en cualquier paraje público que privado. Aunque algo chatilla, sus dientes de marfil, su linda boca (que era puerta de las insolencias), su garganta y cuello alabastrino, bastaban a oscurecer aquel defecto. Las manos no eran finas, como es de suponer; pero sí los pies, dignos de reales escarpines, y tenía además otro encanto particularísimo, cual era el de una voz suave, pastosa y blanda, cuyo son no es definible, y a quien daba mayor gracia lo incorrecto de la pronunciación y los solecismos que embutía en el discurso.
—Querida Zaina —le dijo amorosamente D. Diego—, anoche soñé contigo.
—Y yo con las monas del Retiro —contestó ella.
—Soñé que me querías mucho, y cuando desperté estuve llorando media hora al ver que todo era sueño.
—¿Y cuánto me quiere su merced? Lo que es yo, estoy toda muerta, y tengo el corazón hecho un ginovesado de tanto quererle.
—¡Si dijeras verdad, ingrata Proserpina, orgullosa Juno, artificiosa Circe! Tu corazón es de duro diamante o risco, y en vano mi amor quiere traspasarle con los acerados dardos de su carcaj.
—¿Qué motes son esos que me ha puesto, señor Conde? —exclamó la Zaina riendo a carcajada tendida—. ¡Puerco-espina yo! ¿Y qué es eso de los carcajales y de los diamantes duros?
—Esto lo he oído en una poesía que leyeron esta noche en la Rosa Cruz, y a ti te viene de molde. Dime: ¿por qué no me contestaste a la tiernísima carta que te escribí el otro día?
—¿Yo contestar, hombre de Dios? Así cuervos se lo coman. ¿Cómo he de contestar si no sé escribir? Allí leyeron el papel los amigos, y tuvieron dos horas de fiesta y risa con aquello del llagado corazón de su merced, y que yo era una paloma torcaz y una ruiseñora, y que me tiene un amor edial y pantásmico.