—¡Qué quieres, chico! una cosa es el noviazgo, y otra es tener uno una mujer... pues. La Zaina me vuelve loco.
—¿Pero no se casa usted?
—¿Pues no me he de casar? Por de contado. Me parece que alguien de la familia se opone; pero no me apuro mientras tenga de mi parte a la Marquesa. El casamiento es indispensable, porque es cosa de conveniencia. Mi madre me dice en todas sus cartas que si no me caso pronto, me abrirá en canal. La boda sobre todo; pero lo cortés no quita a lo valiente... ¿Has conocido mujer más salada, más seductora que la Zaina?
—Pues yo he oído, y esto lo digo para que usted se ande con tiento, que el Sr. de Mañara es el cortejo de la Zaina.
—Así se dice... ¡pero a mí con esas!... Puede que en un tiempo mi amigo D. Juan tuviera ese capricho; pero ya no hay tal cosa.
—Y que D. Juan salía al amanecer de casa de la Zaina, cierto es, porque yo lo he visto.
—Nada de eso hace al caso —repuso Don Diego con petulancia—. Lo que es hoy, Ignacia se está muriendo por el que está dentro de esta capa. Ya verás esta noche cómo no me quita los ojos de encima. Además, yo sé que Mañara bebe los vientos por otra mujer.
—¿Por otra?
—Mejor dicho, por dos. Mañara ha vuelto a enredarse con la señora aquella que fue causa de un escándalo el año pasado, según oí contar, y además anda en tratos con la María Sánchez, hermana de la Pelumbres. Y que con la Zaina no tiene nada, lo prueba que anoche se pusieron de vuelta y media en casa de esta. ¡Bonito pañuelo de encajes, y bonita mantilla blanca lució en los novillos de anteayer la Pelumbres! Todo es regalo de Mañara, y anoche estuvieron juntos en la cazuela del Príncipe, y fueron después a cenar en casa de la González. De modo que nadie me disputa hoy a mi Zainita de mi alma.
En esto llegamos a casa de la semidiosa de las coles, lechugas y tomates, y vímosla trasegando, de un pequeño tonel a media docena de botellas, una buena porción de aguardiente, al cual, como católica cristiana, administraba el primer sacramento con el Jordán de un botijo que allí cerca tenía. Lejos de ella, y a otro extremo de la salita, se calentaban junto a un braserillo el tío Mano de Mortero (padre de la Zaina), Pujitos y el simpático cortador de carne, a quien llamaban Majoma, los tres muy enredados en una calurosa conversación sobre los negocios públicos. Sin hacer caso de aquel grupo, que a su vez no lo hacía de los visitantes, D. Diego y yo nos fuimos derechamente a la Zaina, y aquí me corresponde hacer de ella la más exacta pintura que esté a mis cortos alcances.