—En esta casa no se consiente gente perdida, porque juro y rejuro que los que hablan así de la batalla de Espinosa de los Monteros, son espías de los franceses, y no digo más. Basta de disputas: cada uno meta su alma en su almario... y silencio, que aquí mando yo, y cuidadito con lo que se habla, que a mi no se me falta al respeto.
Conticuere omnes.
X
Quiere el buen orden de esta narración, que ahora deje a un lado la gran figura del Gran Capitán, con cuyas eminentes dimensiones se llena toda la historia de aquellos tiempos; que también pase en silencio, por ahora, no solo las hazañas que piensa realizar, sino sus admirables sentencias y el dictamen profundo que sobre los asuntos de la guerra daba; y que poniendo punto en todas estas cosas, pase a ocuparme de D. Diego de Rumblar. Es el caso que una noche encontrele camino de la calle de la Pasión, y al instante me cosí a su capa, resuelto a seguirle hasta la mañana, si preciso era.
—¡Oh, Gabriel! ¡Qué caro te vendes! Chico, toma tus dos reales. No me gustan deudas.
—¿Ya ha salido usted de apuros? No será por lo que le haya dado el Sr. de Cuervatón.
—¡Miserable usurero! No pienso pedirle más, porque ahora tengo todo lo que me hace falta. ¿A que no sabes quién me lo da? Pues me lo da Santorcaz.
—Eso es raro, porque yo suponía al señor D. Luis más en el caso de recibir que de dar.
—Pues ahí verás tú. Ahora tiene mucho dinero, sin que sepa yo de dónde le viene. Parece un potentado el tal Santorcaz. ¡Cuánto me quiere y con cuánto talento me indica todo lo que debo hacer! Habías de verle cómo me ofrece dinero y más dinero, por supuesto, dándole un recibito en toda regla. Ayer me prestó mil y quinientos reales que necesitaba para comprarle un collar de corales a la Zaina.
—¿Y es posible que gaste usted su dinero en tales obsequios, cuando tiene una tan linda novia con quien se ha de casar?...