—¿Que no lo creen ustedes? —decía el Gran Capitán a las niñas de Doña Melchora—. Como que me lo han hecho virrey del Perú.

—¡¡¡Virrey del Perú!!!

—Sí... y no quedó cosa que no sacó aquí ese señor de Lobo, Zorro o Leopardo —añadió Doña Gregoria—. Y ahora parece que está tan clara como la luz del sol la nobleza de este niño. ¡Si vieran ustedes la sarta de duques, condes y marqueses que han aparecido entre sus abuelos! ¡Jesús, y quién lo había de decir!... Y le dan todo el dinero que quiera pedir por esa boca... Como que pretenden que se vaya prontito para las Américas a arreglar a aquella gente, que anda toda revuelta... ¿No te lo decía yo, picaronazo? Alguna cosa gorda te tenía reservada el Señor por ese tu buen natural... ¡y que eres tú tonto en gracia de Dios!... Nada, nada, toda esa parentela que te ha salido hirviendo como garbanzos en puchero, te está muy bien merecida.

—Pues convídenos el señor perulero a piñones —dijo Doña Melchora.

—¿De modo que ya no coges el fusil? —me dijo D. Roque.

—Y ahora hace falta —añadió Cuervatón—. Pronto tendremos aquí a ese infame córcego.

—Sí, porque lo de Espinosa de los Monteros ha sido un menudo descalabro.

—¡Cómo descalabro! —exclamó furiosamente una voz, que no necesito decir a quién pertenecía.

—Sí, señor, un descalabro. Ya lo sabe todo el mundo. La retirada fue además desgraciadísima, y ha perecido mucha gente.

D. Santiago Fernández, que ya estaba de muy mal humor, se puso en punto de caramelo, y después de dudar durante un rato si contestaría a tales insolencias con un abrumador desprecio o con enérgicas negativas, decidiose por lo último, diciendo: