—Hola, Gabriel, ¿tú por aquí? —me dijo Pujitos en la Puerta del Sol el día 20 de noviembre—. Ya sabes que tenemos de Regidor a nuestro amigo D. Juan de Mañara. Él es el encargado de la cartuchería. ¿Tienes fusil?

—Y bueno. ¿Pero todavía no se dice nada de fortificar a Madrid, ni se trata de abrir fosos y levantar parapetos y abrigos, ya que a esta villa y corte la hicieron sin murallas ni otra defensa alguna?

—Todo eso se hará. Pero lo que más urge es la cartuchería y armas.

—¿Dónde hacen cartuchos?

—En varias partes. Allá junto al Colegio de Niñas de la Paz hay más de sesenta personas trabajando en ello noche y día.

—Pero de nada nos sirven los cartuchos sin armas, Sr. de Pujitos —le dije—. Yo conozco muchísimos hombres valientes que no tienen sino chuzos, pedreñales y espadas llenas de orín.

—Eso será nonada, y si no nos hacen traición...

—¡Traición!

—¡Sí: aquí hay muchos traidores!

—Ahora, como la gente anda tan exaltada, es común llamar traidores a los más leales patriotas.