—¿Te quitaron el reloj?

—No, señor: el reloj no me lo han quitado ni me lo quitarán todos los cacos del mundo, porque no lo tengo; pero sí perdí un dinerillo; bien poco, por cierto.

—¡Dios mío! Sin relojes, sin dinero... —clamó doloridamente D. Diego—. ¿Con qué compraré ahora las diez y siete varas de cotonía que quiere la Zaina? ¿Con qué alquilaré el coche para que vaya el lunes a los novillos? Si Santorcaz no me presta, me moriré.

—Diez y siete varas de fresno, que no de cotonía, es lo que merece esa gentuza —le contesté—; pues es necesario estar loco o enamorado para poner los pies en tales casas.

XII

Como antes indiqué, no pude obtener licencia para salir de Madrid, porque la Villa, viéndose pronto en gran aprieto, cayó en la cuenta de que necesitaba de toda su gente para defenderse. ¿Por qué no me marché? ¿Quién me lo impidió? ¿Quién torció el camino de mi resolución? ¿Quién había de ser sino aquel que por entonces era el trastornador de todos los proyectos, el brazo izquierdo del destino, el que a los grandes y a los pequeños extendía el influjo de su invasora voluntad? Sí: el baratero de Europa; el destronador de los Borbones y fabricante de reinos nuevos; el que tenía sofocada a Inglaterra, y suspensa a la Rusia, y abatida a la Prusia, y amedrentada al Austria, y oprimida a la hermosa Italia, osó también poner la mano en mi suerte, impidiéndome pasar a otro ejército.

Es, pues, el caso, que el D. Quijote imperial y real, como algunos de nuestros paisanos le llamaban, no sin fundamento, había entrado en España a principios de noviembre con ánimos de instalar de nuevo en Madrid la corte botellesca. A él se le importaba poco que los españoles llamasen tuerto a su hermano, y fijo en el número y fuerza de nuestros soldados, no atendía a lo demás. Una vez puesto el pie en tierra de España, no le agradó mucho que el mariscal Lefebvre ganase la batalla de Zornoza, porque sabido es que no era de su gusto que se adquiriese gloria sin su presencia y consentimiento. Mandó, sin embargo, al Mariscal Víctor que persiguiese a nuestro desgraciado Blake, cuyas tropas se habían reforzado con las del Marqués de la Romana, escapadas de Dinamarca, y aquí tienen ustedes la batalla de Espinosa de los Monteros, dada en los días 10 y 11, y perdida por nosotros, por más que el Gran Capitán, con más celo que buen sentido, se empeñe en negarlo. ¡Ay! No hagan ustedes caso de aquel mi honradísimo y entusiasta amigo, y crean a pie juntillas que lo de Espinosa fue un gran descalabro, aunque no sin gloria para nuestras hambrientas, desnudas y fatigadas tropas. Valientes oficiales perecieron allí, y grandes apuros y privaciones pasaron todos, sin un pedazo de pan que llevar a la boca, ni una venda que poner en sus heridas.

Así sucumbió el ejército de la izquierda, cuyos restos, salvándose por las fragosidades de Liébana, recalaron por tierra de Campos, para ser mandados por el Marqués de la Romana. No fue más dichoso el ejército de Extremadura en Gamonal, cerca de Burgos, pues Bessières y Lasalle lo destrozaron también el mismo fatal día 10 de noviembre, y el 12 entraba en la capital de Castilla el azote del mundo, publicando allí su traidor decreto de amnistía. Aún nos quedaba un ejército, el del Centro, que ocupaba la ribera del Ebro por Tudela: mandábalo Castaños; pero nadie confiaba que allí fuéramos más afortunados, porque una vez abierta la puerta a las calamidades, estas habían de venir unas tras otras a toda prisa, como suele suceder siempre en el pícaro mundo. También nos preparaba el cielo en el Ebro otra gran desgracia; pero a mediados de noviembre, cuando corrieron por Madrid las tristes nuevas de Espinosa y de Gamonal, aún no se había dado la batalla de Tudela.

El pánico en Madrid era inmenso, y se creía segura la pronta presentación del corso en las inmediaciones de la capital. ¿Qué podía oponérsele? No quedaba más ejército que el del Centro, situado allá arriba a orillas del Ebro. ¿Quién detendría al invasor en su marcha terrible? La Junta se desesperaba, y los madrileños creían acudir a remediar la gravedad de las circunstancias, entusiasmándose. ¡Ay! Después de mandar algunas tropas a los pasos de Somosierra y Navacerrada, ¿qué ejército de línea quedaba para defender a Madrid? Da pena el decirlo. Quinientos hombres.

Los paisanos armados eran ciertamente muchos; pero había muy pocos fusiles, y de estos la mitad resultaban inútiles por falta de cartuchos; y ¿con qué se hacían los cartuchos, si no había pólvora? A esto habíamos llegado cuatro meses después de la victoria de Bailén. Todo al revés. Ayer barriendo a los franceses, y hoy dejándonos barrer; ayer poderosos y temibles, y hoy impotentes y desbandados. Contrastes y antítesis propias de la tierra, como el paño pardo, los garbanzos, el buen vino y el buen humor. ¡Oh, España, cómo se te reconoce en cualquier parte de tu historia, a donde se fije la vista! Y no hay disimulo que te encubra, ni máscara que te oculte, ni afeite que te desfigure, porque a donde quiera que aparezcas, allí se te conoce desde cien leguas con tu media cara de fiesta, y la otra media de miseria; con la una mano empuñando laureles, y con la otra rascándote tu lepra.