—¿Suspiritos tenemos? —preguntó Mañara con presunción.
—Y si hubo suspiros —dijo Mortero—, mi hija es una persona de etiqueta, y los puede echar como cualquiera otra, aunque sea por el Rey; que si está en el cajón de verduras, es porque quiere, que su padre ya le ha prometido varias veces ponerla al frente de una casa de bebidas finas.
—¡Yo suspirar por ese animal! —dijo la Zaina—. Por lástima le he mirao una vez cuando iba al cajón a echarme flores.
—Eso quisieras tú; pero no se estila echar margaritas a puercos.
La Zaina hizo un movimiento. El demonio fue sin duda quien llevó a sus irritadas manos una botella de las que en la mesa contigua había, y disparola con tanta fuerza contra Mañara, que a no apartarse este vivamente, viéramos allí partida en dos la cabeza más dura que ha gastado Regidor en el mundo. Levantose este furioso para castigar el descomedimiento de la Zaina; pero con tanta presteza acudió D. Diego en defensa de la verdulera, que sobre él cayeron los primeros golpes. Lleno de rabia al verse aporreado, arremetió contra Mañara, a punto que el tío Mano de Mortero empezaba a probar la exactitud de su apodo, repartiendo algunos puñetazos sobre tirios y troyanos. Las majas Narcisa, Menegilda y Alifonsa declaráronse también en guerra, por dar gusto a las inquietas manos, y bien pronto de todos los allí presentes no quedó uno que no llevase su óbolo a tal colecta de golpes y gritos. Era aquello una bendición de Dios, y juro que jamás habría yo metido mis manos en tal fregado, si no me incitara a ello una caricia que sentí en mitad de la espalda, hecha por mano desconocida. Y lo peor fue que Majoma, hombre ingenioso, inclinado siempre a sacar partido de tales alteraciones del orden privado, descargó varios palos sobre el candil que la escena iluminaba, y al punto nos vimos todos de un color. Aquí fue el arreciar de los puñetazos, y el esfuerzo de los gritos, y el rodar unos sobre otros; y si bien el peso de un cuerpo nos oprimía a veces, también el nuestro caía en humanas blanduras, de cuyos choques provenían los pellizcos, arañazos y demás proyectiles menudos. Por aquí se oían voces lastimeras; por allá gritos de venganza, y sobre toda especie de rumores, descollaba la voz estentórea del tío Mano de Mortero, diciendo:
—En mi casa no ha de haber escándalos, y el que diga que aquí se siente el vuelo de una mosca, miente. Vamos, amiguitos: no meter tanto ruido ni pegar tan recio. Esto es una broma: conque paz y pan, y divertámonos.
Y a todas estas la vecindad se alborotaba, y en la calle deteníase la gente curiosa, no porque le hiciera novedad aquel ruido, sino por gozar de él; y se temió la intervención de la justicia, lo cual hería al Sr. Mano en lo más delicado de su dignidad. Por fin hubo uno que pudo dar con la puerta y abrirla y echarse fuera, con lo cual, habiendo entrado un poco de luz, pudimos vernos. Todo indicaba que íbamos a tener una visita alguacilesca, lo que me impulsó a coger por un brazo a D. Diego y echarlo conmigo afuera, y bajar a saltos la escalera hasta dar con nuestros cuerpos en la calle, por la que nos escurrimos sin miedo a la corchetería.
Cuando nos vimos lejos, acortamos el paso, contemplándonos uno a otro. D. Diego había padecido más averías que yo en la refriega, y ostentaba en la cara un verdugón hecho por buena mano.
—¡Maldito de mí! —exclamó tentándose los bolsillos de sus calzones—. ¿Sabes que me han quitado mis dos relojes? ¡Pues también el dinero, todo el dinero que llevaba!
—Era de suponer, Sr. D. Diego —le respondí registrándome también—, pues no salimos de ninguna misa cantada. Y por lo que veo, a mí también me han desplumado.