—¡A estas casas! —exclamó la Zaina—. ¿Estamos en algún presillo? Más honrada es mi casa, Sr. D. Juan, que muchas de señoras amadamadas, por donde usía anda en malos pasos.
—Calla, tonta —dijo Mañara de mal humor.
—Y buenas princesas ha traído usted a esta casa, y a la de la Pelumbres y de la Primorosa —añadió Ignacia—. Toas semos unas, y no lo igo por esa duquesa con quien fue hace dos noches en ca la Pelumbres. Alifonsa, ¿sabes quién es? ¿Te acuerdas de aquella duquesilla amojamada, que parece un almacén de huesos? Si D. Juan la trae por aquí, pondremos una fábrica de botones.
—¿Qué hablas ahí, zafiota, animal sin pluma? —gritó Mañara con vivo arrebato de ira—. Habla mejor si no quieres que con tu lengua haga una pantufla para azotarte la cara.
—¡A mí con esas el asno Regidor! —vociferó la Zaina—. Después que le he despreciao, después que he tenido que escupirle en la cara para que no anduviera tras de mí chupándose la tierra que yo pisaba, ¿ahora viene con esa? Con las barbas de un usía friego yo los cacharros de la cocina, y tripas de caballero le echo a mi gato.
—¡Condenada manola! —dijo Mañara cada vez más colérico—. La culpa tiene quien te ha dado esas alas y quien con personas bajas se entretiene. ¿Para qué tomas en tu ruin boca el nombre de señoras respetables de quien no mereces besar la suela del zapato? ¡Cuidado con los celitos de la niña!
—¿Celos yo? —chilló la maja más encendida que la grana—. ¡Por Dios, que me quiera usted, so pringoso: tomelo por estera y se creyó cortejo!
Y diciendo esto, lanzó un salivazo en medio del corrillo.
—¡Miserable mujerzuela! ¡La culpa tiene quien se arrima a ti, por hacerte gente siquiera un día!
—¡Eh, eh! poco a poquito —dijo a este punto el tío Mano de Mortero, que de espectador indiferente de aquella escena se trocaba en actor de ella—. Eso de mujerzuela es de gente mal hablada, y aquí no se habla mal de nadie, y lo que es mi hija tiene su siempre y cuando como cualquier otra. Que el señor D. Juan no nos toque a la honor, porque a mí no me falta un saco de onzas de oro ensayadas para apedrear a cualquiera. Y tú, princesa mía, ¿a qué le haces tantos cocos ahora al Sr. de Mañara, cuando ha pocos días te chiflabas por él, y si alguna noche faltaba su señoría a hacerte compañía o a ayudarte a rezar el rosario, ponías en el cielo unos suspiros como catedrales? Anda, que todos son buenos, y váyase lo uno por lo otro.