D. Diego, la Zaina y las otras tres damas, no menos que esta famosas, habían entablado animada conversación, formando otro corrillo.
—No se olvide el señor Condito —dijo Menegilda— que nos prometió traer una noche a su novia.
—Si yo no tengo novia.
—Sí que la tiene. ¿No es verdad, Gabriel, que tiene novia?
—Y más bonita que el sol —respondí acercándome.
—Vamos, la tengo —dijo Rumblar—; pero no la quiero, Zainilla. No te vayas a poner celosa.
—Ya estoy frita con los tales celos, niño mío —contestó la maja—. Pero ¿por qué no la trae aquí una noche?
—Antes traerá una estrella del cielo —afirmó Mañara, acercándose al grupo femenino.
—D. Diego me ha prometido traerla, y la traerá —dijo Santorcaz, atraído también por aquel coloquio.
—Sí —indicó Mañara—: la familia de ese señorito iba a permitir que una tan delicada doncella viniera a estas casas.