—Por todas partes no se ven sino espías de los franceses, y ahora es ocasión de que este señor Regidor que aquí tenemos se luzca.

—Así es la verdad —dije yo—. Sé de muchos que se fingen muy patriotas, y están vendidos a los franceses. Los que hacen más aspavientos y dan más gritos, y más gallardean de patriotas, son los peores. ¿No es verdad, Santorcaz?

—Pues acabar con ellos.

—Para eso nos bastamos y nos sobramos —añadió Majoma—. Y vengan malos patriotas y gabachones, para dar cuenta de ellos.

—Personajes conozco yo —dijo Mañara— que han de morir arrastrados, si Dios no lo remedia; y si llego a ser Regidor, ya nos veremos las caras, señores afrancesados.

—Esa es la gente más mala —afirmó Santorcaz con mucho desparpajo—, más desvergonzada y más traidora que hay; y si no ponemos mano en ellos, no saldremos bien de esta guerra. Porque yo sé que hay quien está tramando abrir las puertas de Madrid si nos ponen asedio.

—Pues despacharlos, y se acabó la junción —dijo Pujitos—. En mi compañía están tan rabiosos, que solo con decir «ese es gabacho», se le van encima y le quieren despedazar.

—Los peores —repetí yo, teniendo el gusto de que el tío Mano apoyara enérgicamente mi opinión— son los que chillan y enredan, y están a todas horas hablando de traidores; y si no, aquí está Santorcaz, que conoce a la gente y lo puede decir.

—Así es, en efecto —repuso el francmasón algo contrariado—; pero que hay traidores, no tiene duda.

XI