—Esa función —añadió Pujitos— es en el convento de Padres dominicos, y se celebra para implorar el divino auxilio por la felicidad de las armas de esta monarquía, salud de nuestro S. P. Pío VII y libertad de nuestro amado Monarca.
—Justo y cabal —prosiguió Mano de Mortero—; y pues hay procesión, pienso asistir con vela, que todos, el que más y el que menos, estamos llenos de pecados, y aun yo, que no hago mal a nadie, allá me voy con los demás; porque el justo peca tres veces, cuanti más los que no lo son. Por lo que a mí hace, no tengo comeniente en que Su Divina Majestad saque en bien los ejércitos, que españoles somos y lo debemos desear, ni tampoco en que le dé mucha salud y años mil a ese Sr. D. Pío VII; pero en lo de poner en libertad a Fernando, que es como si dijéramos, acabarse la guerra, por allá me lo tenga un par de añitos más, pues esto de la guerra, y los franceses por acá y los ingleses por allá, es una bendición de Dios, y un rocío celestial que el Señor manda a los probecitos que no tienen dónde ganarlo, si no es poniendo la vida en un tris y escondiendo las piezas de hilo dentro de las sacas de carbón, para ver de engañar al fisco, que es el demonio enemigo de nuestras almas.
—Mal patriota es el Sr. Mano —dijo enfáticamente Pujitos—, pues ni coge el fusil ni ruega por la libertad de nuestro amado Monarca.
—Diez fusiles, que no uno cogeré si es preciso, pues hartos agujeros, raspones y abolladuras hay en los cuerpos de los guardas, que podrán dar fe de cómo manejo el gatillo. También quiero y reverencio a mi querido Rey, pues no puedo olvidar que me apretó la mano el día que entró viniendo de Aranjuez, ni que le alabó a mi Zainilla el garbo para tocar el pandero; pero los probes somos probes, y yo pondría a mi Fernando en siete tronos... Hijo, dame pan y llámame tonto, y como dijo el otro, el abad de lo que canta yanta.
—Hoy no vi al Sr. de Pujitos en la formación —dijo Santorcaz acercándose al grupo.
—¿Cómo había de ir, compañero —respondió el maestro de obra prima, que al oírse interpelado sobre aquel asunto recibió más gusto que si le regalaran tres tronos europeos—; cómo había de ir si todo el día he estado en el Parque apartando fusiles, contando piedras de chispa y repasando cartuchos, tan atareado, jeñores, que tengo en los lomos una puntada que no me deja respirar?
—¿Y se defenderá Madrid?
—¡Pues ya! No hay muchos fusiles que digamos; pero se han reunido un sin fin de sables viejos, muchas lanzas, cascos antiguos del tiempo del rey que rabió por gachas, cacerolas que pueden servir de escudos, mazas que para partir cabezas de franceses serán una bendición de Dios, guanteletes, pinchos, asadores, llaves viejas y otras mil armas mortíficas.
—De nada servirá nuestro valor —dijo Santorcaz—, si antes no acabamos con todos los traidores que hay en Madrid.
—Lo mismo digo —afirmó Mortero.