—¿Y la Zainilla?

—¡Está malucha! La otra noche tuvimos junción en casa, y todo concluyó con un sainetillo de lo que llaman palos, que aquello parecía una gloria. La probecita niña de mis entrañas está desde esa noche que no come ni bebe, y manda al cielo unos suspiros que parten el corazón de bronce de su padre.

—Eres un zopenco, tío Mano —dijo Salmón—. Cuando estuve en tu casa el día de Difuntos... ¿recuerdas que me diste aquellos puches; que con el aditamento de un cierto aguardiente de Chinchón, estaban propios para que metiera en ellos las barbas el mismo Emperador del Sacro Romano Imperio?

—Me acuerdo, sí.

—Pues aquella noche te dije: «Morterillo, ándate con cuidado, que tu Zaina y el Sr. de Mañara están de mucho paliqueo, y míralos en aquel rincón con la cabeza inclinada el uno sobre el otro como dos higos maduros.» ¡Y cómo se le caía la baba a tu hija!

—Verdad es, señor; y ya sé que de ahí viene todo.

—Entonces te dije: «Morterillo, mucho ojo, que el Mañara quiere enmarañar a tu hija, y vas a perder este bocadito de ángeles que tú destinabas a un Veinticuatro.» ¿Acerté?

—¿Pues ello?... Yo no quería reñir con Mañara —dijo Mortero rascándose una oreja—. Verdad que él iba allá todas las noches... pero mi probecita niña es más inocente que una paloma.

—Apuesto a que el demonio ha metido el rabo en tu casa, Morterillo. Dices que tu hija ni come ni bebe, y da unos suspiros... ¿suspiritos?

—Sí; y en tres días no le he podido sacar palabra de la boca, y a veces heme puesto a acecharla tras la puerta de su cuarto, y cata a mi niñita diciendo unas palabrotas... pues... así como los cómicos en los teatros... Y a ratos la veía enjugándose las lágrimas, y a ratos echando centellas por los ojos... «Dime qué tienes, serafín de tu padre», le he preguntado algunas veces; pero no me contesta más que un poste. Anoche nos pusimos a rezar el rosario (porque yo no falto jamás amén a esta devota costumbre, ni en casa ni en campo raso), y ella empezó con mucha devoción, diciendo los santamarías con un dejo y un canticio meloso que llegaba al alma; pero de repente, Padrito, empieza a dar manotadas como una loca, rompe en mil pedazos el rosario, levántase, y con las manos en la cabeza, dando paseos por el cuarto, dice así: «Virgen de la Paloma, no puedo, no puedo.» Luego púsose el mantón y corrió a la calle, a donde la seguí... ¿Creerá Su Reverencia de mi alma que fue hasta la casa donde vive ese condenado Regidor, parose en la puerta, y arrimando la cabeza contra una reja, dio a llorar como un chiquillo? Tuve que traerla en brazos a mi casa, y al día siguiente no pudo ir al cajón porque cayó mala.