—Ya lo veo clarito: es que Mañara la tiene sorbidos los sesos, y no es la primera, Mortero, no es la primera; pero yo iré por allí, echarele un sermón a la niña, y veremos si te la curo... Pero calle... ¿no es aquella que asoma por allí? Sí, es ella misma. Zaina, Zainilla, ven acá.

—Sí, es mi flor temprana, es el lucero de su padre. Llégate aquí, arrastradilla —dijo el tío Mano llamando a su hija—. ¿De dónde vienes?

—De llevar tierra —contestó la Zaina, en cuyo semblante fresco y animado no se veían señales de aquel hondo pesar y exaltación que acababa de referir el respetable progenitor—. Ya hemos puesto tres cañones en la Puerta de Atocha, y están clavadas las estacas y armado tal ramaje de palitroques, que parece un nacimiento.

—¿Y para qué andas tú en esas faenas, solito de justicia? —Padre, échele Su Reverencia un buen sermón, o dos, si es menester, para que se quede en casa.

—Tú no tienes buena cara, Zaina —le dijo Salmón—. Tú estás triste, te lo conozco.

—¡Qué buen barruntador tenemos! ¿Y por qué estoy triste?

—Dime, ¿has visto por ahí al Sr. D. Juan de Mañara?

La Zaina se puso pálida y cesó de reír.

—Ya está cogida —exclamó Salmón batiendo palmas—. Esa cara no miente. Mira, Ignacia, en la huerta de mi convento hay un pajarito que todas las mañanas viene a mi celda a contarme las picardías de las muchachas que conozco. ¿Sabes lo que me dijo de ti? Pues me dijo...

—Está más encarnada que un tomate —añadió Mano—; déjela Su Paternidad por ahora.