—¿Qué dejar? ¡Bueno soy yo!... Conque, niña, ¿ha habido gatuperio? Mucho cuidado con los galanes que van a casa; mucho ojo, que si me enfado... Fuera pecados mortales, fuera cosas malas, que entonces no hay lo de Padrito por acá, Padrito por allá, sino que saco unas disciplinas, y a zurriagazos enderezo yo a mis niñas. Conque ven acá, loquilla, ¿ese señor de Mañara te ha trastornado el juicio?
—¿A mí? —chilló la Zaina con súbita expresión de despecho, que la puso más arrogante y más hermosa de lo que realmente era—. ¿A mí ese pelón? Sé que se lustrea diciéndolo por ahí; pero que se aspere un poquito, que astavía tenga mucho orgullo y no me echo a perros.
—Vamos, no lo niegues.
—¿Yo? Voime al zumo, que no a las cáscaras, y sobre que no me gustan los usirias estirados, ni los madamos que huelen a bergamota, cuanti más los malinos traidores, gabachones...
—¡El Sr. de Mañara traidor! —exclamó con asombro el mercenario—. ¿Cómo hablas así de un caballero tan principal y tan buen patricio, de ese bendito Regidor, que ahora está allí dentro alistando soldados?
—Traidor, más traidor que Judas —afirmó la Zaina—. ¿Y Su Reverencia se hace de nuevas? Pues todo el mundo lo dice, y no queda en Madrid quien no lo sabe.
—De otros lo he oído yo, pero no de Mañara —indicó Mortero.
—Está vendido a los franceses, y todo ese papel que hace, es por disimular sus maldades —dijo la Zaina—. Pero se la tienen sentenciada a ese pícaro, arrastrao, endino, criado del tío Copas. ¡Viva Fernando VII!
—Yo creí que estabas embobada —dijo Salmón—, y ahora veo que estás loca.
—¡Ay, mi niñita! —dijo el tío Mano—: no hables tales cosas, que pueden llegar a las orejas del Sr. de Mañara, y ya sabes que ando en empeños con él para que ponga en libertad a aquellos dos angelitos seráficos que están en la cárcel de Villa, Agustinillo y el Manco, los cuales, por diez pellejos de mal vino de Esquivias, están pasando el Purgatorio en vida, aunque pienso que en la otra Dios les ha de descontar estas penas.