—¡Me han de oír los sordos! —exclamó la Zaina—, que aquí no queremos traidores. Acabar con ellos, y Napoleón es muerto.

—Cuidado, muchacha —dijo Salmón—, que palabra y piedra suelta no tienen vuelta, y palabra en boca es lo mismo que piedra en honda.

—Sea lo que Dios quiera. A mí quien me la hace, me la paga.

—¿Ves cómo todo es el rencorcillo que te ha quedado?

Iba a contestar Ignacia, cuando apareció D. Diego, y luego que aquella le vio, hízole entrar en el corro, diciéndole:

—Aquí estoy, aquí está su princesa, señor Conde; no me busque con esos ojazos de pájaro bobo.

—¿También el señor Conde te corteja, arpihuela? —preguntó el fraile, haciendo una reverencia a D. Diego.

—¡Y que le quiero más que a las niñas de mis ojos! —dijo la maja—. Los zarcillos son chicos, y otra vez tenga más miramiento; que a las señoras no se las osequia con colgajitos de a cuatro duros; y un novio tuve yo, que en barras de plata y oro me llevó a casa los tesoros del Rey.

D. Diego, turbado por la presencia del mercenario, no acertaba a decir palabra. En cambio el Padrito se encaró con él, y campanudamente endilgole la siguiente homilia:

—Ya sé que anda el señor Conde en malos pasos, y mis señoras la Condesa y Marquesa lo saben también. ¿Conque es cortejo de la Zaina? ¡Optime, superlative! Sr. D. Diego. Y no lo digo porque esta sea ningún guiñapo, sino porque cada oveja con su pareja. ¿Qué dirá la señora Doña María Castro de Oro, Condesa de Rumblar, a quien no conozco sino para servirla; qué dirá cuando sepa los traeres de su hijo? Y pensar que a un jovenzuelo casquivano se le ha de dar por esposa aquella flor sin tacha, aquel lucero matutino, que cual oro en paño guardan donde usía sabe, es pensar en las nubes de antaño. ¡Pues no faltaba más... un Afán de Ribera metido en tales tapujos! ¿No le da a usted vergüenza? Y no lo digo porque frecuente la casa de este Sr. D. Mano de Mortero, que es persona honradísima, sino porque mi niño va también a casa de la Zancuda, donde se juega de lo lindo, y jóvenes muy acomodados conozco que han dejado allí los hígados.