—Verdad es —dijo Mortero—. Lo que es en mi casa, nadie se deja nada, como no sea el malhumor, porque a conversaciones honestas, y a lenguas castas, y a manos quietas, nadie nos gana; que a veces la casa parece un monasterio de tanto afinamiento y quinta substancia de la comenencia.
—Pero el Sr. D. Diego no solo frecuenta esas deshonestísimas regiones —añadió Salmón—, sino que también va a las logias de los masones infernalis espelunca, donde se pasa la noche entre herejías y diabluras. ¡Veo que es aprovechado el rapazuelo! ¡Y quería la señora Marquesa que yo le trajese al buen caminito con sermones y consejos! No está la Magdalena para tafetanes, Sr. D. Diego, y yo primero arrojo el hábito que llevo, que decir a usía por ahí te pudras, y lléveselo el diablo con sus bobadas y truhanerías.
Más que una mona corrido, quedose Don Diego con esta filípica, y de buena gana habría contestado a Salmón, vomitando todas las abominaciones que acerca de los frailes había aprendido ya, si no le detuviera la vergüenza y las muchas miradas de enojo que de distintas partes le observaban. Así es que solo protestando a medias palabras contra el frailazo pancista, se escurrió bonitamente entre el gentío, llevando consigo a la Zaina y a Mortero, que no quiso dejarle escapar sin previa entrega de las ofrecidas espuelas de plata.
Quedémonos allí Salmón y yo, y como mi amigo oyera lo de frailazo pancista, palabras que ya en aquellos días empezaban a menudear en bocas populares, se enfureció y quiso seguir tras el jovenzuelo para reprenderle su osadía; mas el agolpamiento de la gente, junto con las muestras de simpatías que recibió, se lo impidieron.
—Temple Su Paternidad la ira —le dije—, y váyase en buen hora D. Diego.
—Tienes razón —repuso—, que aquila non capit muscas. Su castigo tendrá en ver que se queda sin novia.
—Pues él está tan firme en casarse —dije— que lo da por hecho, y añade que llevará adelante lo del matrimonio contra viento y marea.
—¡Oh, qué ilusión! Pues están contentas de él mis señoras la Condesa y Marquesa. Y por lo que hace a la novia... Acompáñame a la Merced y te contaré. ¿Hablaste largo con la señora Condesa? ¿Le dijiste todo lo que sabes de este botarate?
—Un poquito, sí, señor. ¿De modo que no se casará?
—Lo dudo, porque si las personas mayores de la casa no le pueden ver, lo que es la joven... Anda esta trastornadilla después que se le han descubierto todos los escondrijos de su almita. Por fin lo dijo todo. Ya te conté que ni yo con mi gran autoridad y mis chistes y juegos, ni la Marquesa con su mal genio, ni el Marqués apedreándola a regalos y obsequios, pudimos hacerle confesar la causa de sus melancolías; pero al fin, apretada por su prima la señora Condesa que la ama mucho, un día entre lágrimas y suspiros le confesó todo.