—Y no resultaría nada...

—Nada más sino que todo aquel mal gesto y aquellas tristezas le venían de amar a un muchachuelo, a un perdidillo, a un cascaciruelas de esas calles, a quien conoció y tuvo por novio en toda regla, allá cuando vivía lejos de sus padres. ¡Cosa de niños! Lejos de parecerme mala, me parece un buen signo de virtud la firmeza de sus sentimientos, lo mismo en la adversa que en la próspera fortuna. Con todo, la Marquesa y su hermano rabian, como es natural, viendo que no pueden desencantar a la niña, pues lo que tiene, más parece encanto que otra cosa. Y todo se les vuelve decir: «Padre Salmón, ¿qué haremos? Padre Salmón ¿qué no haremos?» Yo me voy al cuarto de la madamita, y después de decirle cuatro gracias y de imitar el graznido de los cuervos, y el relincho de un caballo, y el rum-rum de las viejas rezando en la iglesia, con lo cual ella se ríe mucho, le digo: «Pero mi niña de mi corazón, ¿por qué no desecha vueseñoría todo pensamiento que no sea el de su actual grandeza? ¿Qué cosa puede apetecer ahora? ¿Le falta algo? ¿No tiene todas las comodidades, todos los miramientos, todos los mimos que una doncella puede apetecer?» A lo que me contesta que ella no desea nada, y después se calla. Entonces le tomo las manos, se las acaricio y le digo: «El pajarito de mi convento me ha contado que amasteis a un jovenzuelo. ¿Por qué no arrojáis esta idea de la cabeza? ¿No comprende usía que en una tan principal casa no pueden entrar por las puertas del matrimonio personas de baja condición? Seguramente que ese zascandil que fue vuestro novio no se acuerda para nada de mi querida niña.» Y ella al punto se sonríe, muda de conversación y empieza a hablar de otro asunto con tan buen tino y tanto talento, que a mí y al Padre Castillo nos deja atónitos.

—Pues veo que cuando dos tan buenos predicadores no la pueden quitar con sus buenos sermones el desencanto, encantada estará toda la vida.

—No, hijo; que se han intentado varios medios para quitarle eso de la cabeza. La Condesa díjole que el zascandil ese había muerto según sus averiguaciones, y la Marquesa y su hermano, tomando otro camino, han concertado hacerla creer que el tal desconocido jovenzuelo es un pícaro ladroncillo de las calles, un tramposo, estafador, a quien persigue la justicia por sus robos, chuladas y granujerías.

—¡Vive Dios! —exclamé sin poderme contener—, y que eso es mentira, y le romperé el alma al que me diga que es cierto.

—¡Cómo, muchacho! —dijo muy absorto el fraile—. ¿Pero a ti qué te va ni qué te viene en esa cuestión para tomarla tan a pechos?

—Y a todas esas, ella, ¿qué decía?

—Nada. Hasta hoy la verdad es que el ingenioso artificio no ha hecho gran efecto, y mientras la doncella sin par aparenta no darse por entendida, la señora Marquesa se incomoda más cada día, y a todas horas exclama: «Esto no puede seguir así.» Riñe con su sobrina; esta suele llorar, aunque en ella todo revela más paciencia que dolor, y aquí de la Condesa, que se pone como un basilisco en cuanto mortifican a su prima. Tía y sobrina se dicen cuatro cosas; yo las apaciguo, y hasta el otro día, que sucede lo mismo.

En esto llegamos a la puerta de la Merced, y Salmón, deteniéndose, me dijo:

—¿Quieres subir? Te daré chocolate crudo y una copita.