—¡Lanza para defender murallas! —exclamé sin poder disimular la risa.
—Sí, hijo: ¿qué entiendes tú de eso? Figúrate que a esos tontos se les ponga en la cabeza dar un asalto: ¿qué mejor cosa para impedirlo...? Por cierto que voy a reunir mi gente para ir a ocupar la posición, no sea que el señor córcego quiera darnos una sorpresa con su mala fe acostumbrada.
—Ahora dejémonos llevar a la Puerta del Sol con todo ese gentío que allá va —dije yo—, y parece que ocurre alguna cosa grave, según gritan.
—Efectivamente; pero esa gritería es de mujeres. Sin duda esas valerosas matronas piden que se les den armas.
—Bajemos por la calle de la Montera... Por allí sube, si no me engaño, el Sr. de Santorcaz. Llamémosle: él sabrá lo que ocurre... ¡Eh, Sr. D. Luis!
—¿Qué hay en la Puerta del Sol, que tanto chilla la gente? —preguntó Fernández cuando el otro se nos acercó.
—Es que el pueblo pide armas y no se las quieren dar —repuso Santorcaz—. Es una picardía, y todos esos mandrias de la Junta deben ser arrastrados.
—¡La Junta! ¡Los señores de la Junta Central!
—No hablo de la Central —prosiguió Santorcaz—, que esa, si es cierto lo que dicen, ha acordado hoy retirarse de Aranjuez, buscando refugio en Andalucía. Hablo de la Juntilla que se ha formado aquí para la defensa de Madrid, y que está en permanencia en la casa de Correos. ¡Aquí hay muchos traidores —añadió en voz alta—, y algunos han cogido dinero para entregar la plaza a los franceses! ¡Canallas de traidores! Ahora salimos con que se han acabado las armas y los cartuchos. ¡Mentira! Yo sé dónde hay armas y cartuchos. ¡Nos están engañando, nos van a vender!
Diciendo esto, se apartó de nosotros, después de lo cual seguimos hacia abajo, y al llegar a la Puerta del Sol vimos que estaba de bote en bote, llena de gente. Aquel hueco abierto en el apelmazado caserío de Madrid, es el corazón de la antigua villa, y a él afluye con precipitada congestión la sangre toda en sus ratos de cólera, de alegría o de miedo. La Puerta del Sol latía con furia. Hombres y mujeres hablaban a la vez, y a sus voces se unían actitudes y gestos amenazadores. La masa más inquieta, más hirviente, más loca y alborotadora estaba al pie de la casa de Correos.