—Busquemos algún conocido que nos informe de lo que aquí ha pasado —dije, metiéndome con el Gran Capitán por lo menos apretado del gentío.

—Astavía no ha pasado nada —dijo un caballero que, envuelto en una capa, se nos apareció, y en quien al punto reconocí al señor de Majoma—. Astora nada; pero... ya verán.

—¿Qué pide esa gente?

—¿Qué ha de pedir? Armas y cartuchos.

—Ya están repartidos todos los que hay.

—¡A mí con esas! —exclamó el apreciable sujeto—. Ya estamos de traidores hasta el gañote. ¡Pillos lairones! Si no les espachamos, nos van a entregar a los franceses. ¡Perros gabachos! Les conozco bien, y se la tengo sentenciada, sí, señor; y el que diga que no son traidores, que se vea conmigo, porque yo soy más español que Santiago y más patriota que Fernando VII.

—Pero desde hace tiempo se sabe que la plaza tenía muy pocas armas; y en cuanto a los cartuchos, todos los que había y los fabricados en esta semana, se han repartido ya. El Sr. de Mañara ha estado ocho días ocupado en dirigir la fábrica de cartuchos, y ayer tarde repartió muchos miles en el Ave María y en la Comadre.

—¡No me lo nombres! —exclamó Majoma, afectando una indignación que más tenía de cómica que de trágica—. Ahí tienes al traidor más que Judas, al gabachón más que Copas... Gabriel, ¿eres tú traidor también? ¿Estás vendido a los franceses, como ese regidorcillo hambrón? Dime que sí y verás... miá tú... aquí mismo te pongo en pipitoria con esto que traigo debajo de la capa.

—¿La navajita? Guarda tu coraje para mejor ocasión, Majomilla —le respondí—. Me parece que estás borracho.

—¿Borracho yo? Si no lo he probao, chico... Esta mañana me convidó el Sr. de Santorcaz a beber unas copas, y... por esta, que no bebí más que dos azumbres... ¿Qué hacer sin la calorcilla en el estómago?... Pero di, ¿eres tú traidor? Di que no, porque te rajo... pues yo (y se daba fuertes golpes en el pecho) tengo un corazón como un bronce, y soy más valiente que el Ciz, y nadie me tosa, si no quiere ver quién es Majoma.