Pasando luego a la calle de Embajadores, oímos de nuevo que hacia el Avapiés había gran marejada, por lo cual, atravesando por los Abades hacia el Mesón de Paredes, nos fuimos a presenciar el tumulto, que no era flojo, según el rumor de voces que desde lejos se oía. En efecto, habíase armado un zipizape que déjelo usted estar.

De manos a boca tropezamos con el tío Mano de Mortero, que se llegó a nosotros diciendo:

—¡Cómo nos engañan, Gabriel! ¡Quién lo había de decir en un caballero tan bueno como el Sr. de Mañara!

—¿Pero es traidor el Sr. de Mañara? Vamos, tío Mano. ¿Usted también? Usted que es una persona de tantísimo talento...

—Es verdad, niño de mi alma; ¿pero qué quieres tú? Lo dicen por ahí. A mí no me consta; pero al son que me tocan bailo. Pues dicen que hay traidores, ¡abajo los traidores!

—¿Y qué dicen de Mañara?

—Que tiene arreglado con los franceses el entregarles la Puerta de Toledo.

—¿Y cómo lo saben?

—¡Qué sé yo! Pero cuando el río suena agua lleva. Yo no he de ser menos que los demás, y pues hay traidores, ¡abajo los traidores!

—¿Y la Zaina?