—¿Pues no la oyes? ¡Si es la que más grita en medio de la plaza! ¡Santa Virgen! ¡Y no está poco furiosa esa leoncilla! Ahora se ha vuelto la patriota más patriota de todo Madrid. ¡Ay, mi Dios, qué nacionala tengo a mi niña!
De rato en rato aumentaba el gentío en la Plazuela del Avapiés, y los hombres de mala facha, unidos a las mujeres más desenvueltas de los cercanos barrios, menudeaban sus gritos y vociferaciones de tal modo, que ninguna persona honrada podría ante tal espectáculo permanecer tranquila.
—Acerquémonos —me dijo Fernández—. Yo con todo mi corazón te aseguro que si Su Majestad, y en su Real nombre la Sala de Alcaldes de casa y corte, me mandase despejar este sitio, lo haría con dos lanzazos o sablazos, que para el caso lo mismo daría.
—Guárdese usted de decir en alta voz tales cosas, y acerquémonos a aquel grupito de damas.
La Primorosa salió del grupo.
—¿Eh... Primorosa, qué traes por aquí? —le pregunté.
—¡Cachiporros! —exclamó la arpía alzando los brazos, cerrando los puños, y dirigiéndose a algunos hombres que la rodeaban—. ¿Pa qué estáis aquí? ¿No vos quieren dar cartuchos? Pues dir ca el Regidor y sacárselos de las asauras. ¡Él los tiene escondíos! Él los tiene enterraos en paquetes pa dárselos a los franceses.
Entonces la Zaina, abriéndose paso, presentose en el centro del corrillo formado en torno a la Primorosa. Estaba la hermosa verdulera amoratada y ronca, con los ojos encendidos, las ropas hechas pedazos, y con tan fiera expresión retratada en su semblante y en toda su persona, que causaba espanto. En el momento de presentarse, traía un cartucho entre los dedos, y lo mordía, y derramaba en la palma de la mano lo que debía ser pólvora y resultaba ser arena.
XV
—Los cartuchos están llenos de arena —gritó la muchacha, mostrando a todos aquel objeto.